transparencia

Vacío

Se lo habían dicho, “el erotismo sólo es una enfermedad mental y emocional”. ¿Qué hacer entonces ante la llamada telefónica de una revista porno que, en la sensual voz de una mujer, propone no sólo una colaboración, sino un encuentro más cercano?

Por: Javier Zúñiga


No era porno. Ni tampoco erotismo. Era una revista que no causaba incendios. De la nada me llamaron para invitarme a colaborar. Una mierda de invitación. ¿Quién era yo para colaborar en una revista? Jamás había escrito ni siquiera la descripción de una mujer. ¿De dónde había llegado la ocurrencia?
        –Venimos siguiendo su trayectoria –me dijeron.
          Me sentí un cometa visto con un telescopio. Hubiera querido tener la rabia de estrellarme directo a sus entrañas, que reventáramos juntos.
         –Nos parece interesante su labor como profesor de literatura erótica –insistieron.
          La voz de la mujer del otro lado de la bocina me daba agruras.
          Como un golpe cruzaron por mi cabeza los alumnos que se habían inscrito a mi curso. Nadie tenía pinta de estar ligado a una revista casi porno. Seguro que era broma de alguno de ellos.
          –Nuestras referencias son confiables, sabemos que usted conoce mucho del tema –dijo.
          Podía ser que supiera algo de literatura, pero no sabía nada de revistas.
          Empecé a sentir que de nada me había servido estar alerta, desconfiar de todos. Al fin me habían tomado con las defensas abajo. Casi podía ver la portada, “cuento porno inédito de un literato acorralado”. La mujer tenía la certeza de que yo era una especie de máquina de follar letras, un vomitador de fantasías textuales.
          –Analizamos su texto y si mi jefe lo aprueba se imprime de inmediato. Imagine usted su nombre en letras enormes, impreso a todo color –dijo ella.
          Yo no imaginé mi nombre en ningún color, ni forma. Imaginé la enorme lista de escritores ansiosos por ver su nombre impreso, no importa el tipo de publicación.
          ¿En qué momento me pasó esto?
          Siempre había cuidado de no dar mi número de teléfono, nadie estaba invitado a visitarme en casa. Mi cuenta de email sólo era para el curso de literatura pero jamás intercambiaba información personal.
          “Cuando el diablo te busca encuentra caminos”, pensé.
          En realidad no tenía ninguna historia que compartir en una revista así. En ninguna revista, en realidad.
          No era un creador iluminado por la bondad de los dioses. No importa si se trata de sexo o de cualquier otra cosa.
          –Visite nuestra página de internet –me dijo.
          Procedió a dictarme letra a letra todo el nombre.
          Se puso feliz. Podía atravesar el teléfono su felicidad, era como si le hubiera puesto los ojos encima, con hielo o carbón.
          –Puedes descargar algún número, te servirán de inspiración –la voz se le cortaba.
          Hablaba como si supiera de verdad lo que se necesita para inspirarse.
          Caí en la cuenta de que había dejado de hablarme de usted para entrar de lleno al terreno directo del tuteo.
          –La mujer que está en la portada del número de este mes… con el marciano… soy yo… bueno se basaron en mí para hacer el dibujo –dijo mientras reía.
          ¿Un marciano? Menos me identifiqué con lo que quería.
          No era capaz de imaginar una aventura humana. Pensar en marcianos me daba retortijones.
          –Sobre todo mis ojos y mi boca son igualitos… –más risas y más silencio de mi parte.
          “Cualquier boca pudo ser”, pensé.
          En los ojos puede haber pasión o locura, pero eso no se atrapa en un dibujo. O rara vez. Pero no en una revista casi porno.
          –Si miras con atención por las expresiones de mi rostro sabrás qué pasa en mí cuando estoy a cien… –dijo cada vez más ensalivada la voz.
          Yo no fui capaz de imaginar qué demonios le pasa a la gente cuando dice que está a cien. ¿Cien de qué? ¿Incluye la inteligencia?
          Había tolerado diez minutos en el teléfono. Era más de lo que le había dado a cualquier mujer. Ni con mi madre tenía conversaciones tan largas.
          –No me interesa, te has equivocado de escritor –le dije.
          Me había hartado.
          –No cuelgues… no cuelgues… al menos déjame verte... –dijo.
       Tanta mierda para ver a alguien. Se había enrolado mucho camino para llegar a eso.
          No sabía quién era ni me importaba.
          –Te juro que sí soy yo la de la portada de la revista… –casi gritaba.
          Escuché la bocina ya de lejos. Lastimaba los oídos.
          Alguien me había dicho que a mis clases sólo llegaría gente enferma, que el erotismo no es más que un desorden mental y emocional.
          No era esa mi opinión.
          Nunca estaría de acuerdo, ni siquiera ahora.
          –Si ves con atención mi rostro es el mismo… podrás reconocerme fácilmente... soy Soraya –la voz quería quebrarse.
          Quizá dijera la verdad y sí supiera yo quién era.
          Quizá hasta le diría que sí.
          Hice una pausa enorme.
          Golpeé las teclas de la computadora. Acerqué la bocina para que pudiera oír cómo mis manos escribían. Podía escuchar claramente el llanto cruzando la habitación. Debía estar inundada de lágrimas. Parecía verdadera cuando llora. También lo parecía cuando hablaba a nombre de una revista.
          Tomé de nuevo el teléfono.
          Le dije que ella estaba estupenda, que era de lo mejor que había visto en mi vida.
          –¿Entonces nos vemos? –insistió.
          Colgué la bocina.
          Mi computadora estaba apagada, como mi alma.
Javier Z├║├▒iga Monroy

Javier Zúñiga

Cholula, México (1975). Es autor de los libros: Perdurable Memoria (2008), Casi bestia, casi humano (2016), La bala de Jonnhy Deep (Premio internacional de novela corta Giralda, 2017), Una dosis de melancolía (2017). Incluido en las antologías Alebrije de palabras, escritores mexicanos en breve (2013), Ráfaga Imaginaria, minificción en Puebla (2014) y Vamos al circo, minificción hispanoamericana (2017).

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