Imagen: Aneta Ciesielska

Tercera caída

Un luchador en ascenso sale del trabajo en el cuadrilátero
dispuesto a olvidar un mal día.
Inspirada en eventos reales, este relato
conmueve por señalar el vacío y la degradación criminal
de quienes lo aguardan a las puertas de la noche.
por: Hernán Martínez

Subió a la tercera cuerda con gran agilidad, de un salto. Se lanzó hacia adelante dando dos vueltas horizontales en el aire, su estatura era una notoria ventaja para ese tipo de maniobras, cayó en los brazos y pecho del contrincante que lo esperaba afuera del cuadrilátero. Lo habían practicado muchas veces en el gimnasio, no podía fallar. A partir de allí debía terminar la segunda caída de la lucha estelar de la noche. Al levantarse, metió en el ring a su oponente enmascarado con dificultad. Lo rodó por debajo de las cuerdas y después entró él de la misma manera. Pero al levantarse sintió una patada, dos patadas, tres patadas en las costillas, su contrincante estaba listo para ejecutar su llave maestra; aquella con la que, hacía ya dos décadas, se había ganado al público y la que lo convertía en una leyenda, él debía perder esa lucha, así se había pactado, sería más adelante cuando le tocaría ganar todas a él, pero ahora no, ahora no podía ganarle a la leyenda, no estaba permitido.

    Él no debía escapar a esa llave, pero lo hizo; eso no estaba en el guión… Pero ¿por qué no? «Después de todo… ¿por qué no improvisar un poco? Eso le gusta a la gente, ¿no? Sobre todo siendo yo quien soy. No soy presumido, pero ¿por qué negarlo? ¡Soy el mejor!» Así que escapó de la llave y usó sus mejores movimientos para desequilibrar al oponente y rendirlo, en realidad no era tan difícil, era mucho más atlético, más joven y mejor preparado en todos los aspectos… bueno tal vez no en todos, pero por lo menos sí en los físicos.

    Ganó en dos caídas.

   

—Ese no era el plan. ¿Qué te estás creyendo? Te crees el muy chingón y aquí sólo eres un luchador más. No puedes hacer lo que te plazca, es una empresa y tienes un contrato, no eres imprescindible; si entiendes lo que eso quiere decir…

    —Mira, carnal, esta es mi casa y son mi gente, vienen a verme a mí y yo les doy lo mejor. Si quieres que pierda, los otros pinches luchadores deben esforzarse más; yo entreno dos veces al día, me cuido, como bien, voy a correr, ando en bici y no me ando metiendo pendejadas en la sangre como los del gym del Oso.

    —¡Qué te pasa, cabrón? ¿Acaso no entiendes que hay reglas? Hay cosas que ya están, y sí, a lo mejor ahora eres la estrella y nadie te dice nada, pero luego vendrá alguien mejor y vas a tener que perder aunque no quieras, no una caída, ni una lucha, sino la máscara. Así es esto y lo sabes, yo no sé por qué insistes en hacerte pendejo; no te lo digo en mal plan, para nada, si tú me caes bien; eres bueno, luchas bien, pero ya no eres el de antes, ya no respetas a los demás, se te subió eso de la fama. Y sí, ya sé que andas con la actricita esa mediocre, hija del don poderoso ese de la televisión y te crees intocable. Pero eres sólo un chaval al que están utilizando. ¿No te das cuenta de eso?

    —No sabes lo que estás diciendo. Es muy claro que me tienes envidia.

    —¡Ja! Pero ¿cómo te voy a tener envidia?  Chavo, yo soy el que manda aquí… ¿Qué edad tienes? ¿22? ¿23? La fama te llegó muy pronto…  Mira, mejor vete a descansar, tómate dos semanas, tómate unas vacaciones, vamos a decir que estás lastimado. Piensa todo lo que te estoy diciendo, vete a la playa, no sé, vete a un monasterio zen o a un retiro espiritual de alguna secta, que hay muchas; o no sé qué chingados haces, ¡pero despierta! ¡Ah! Y no dejes de entrenar que en una de ésas te lastimas de verdad cuando regreses.

    Tu orgullo había sido lastimado muy profundo y esa misma noche te fuiste de cantinas, tú solo, no hacía falta más. Estabas buscando al primer pendejo para partirle su madre, el primero que se te pusiera enfrente e hiciera alguna pendejada, por mínima que fuera, pagaría las consecuencias. Allí estabas en la barra con una botella de tequila, esperando, viendo, vigilando cualquier provocación.

    —Hola —escuchaste una voz detrás de ti—. ¿Te acompaño?

    «Vaya, vaya, y ¿quién eres tú, mami?»

    —Hola… no, digo… sí, claro que sí.
«Pero mira nada más qué tenemos aquí; una morenaza despampanante.»

    —¿Y me invitas un trago de tu tequila?

    —Seguro.

    —¿Y cómo te llamas? —no sabías qué decir, en realidad te había tomado por sorpresa.

    «Justo ahora no te caería nada mal un polvito, una canita al aire, pero sin mayor compromiso posterior, porque ya estás comprometido con la hija de don poderoso y eso no hay que descuidarlo. Así que… mejor otro nombre que no sea el tuyo… otra personalidad. Bienvenido al juego de las invenciones.»

    La pusiste a prueba para ver si sabía cosas del deporte y dijiste al azar.

    —Soy Alberto, Alberto Contador.

    Su bella carcajada salió disparada por una bocaza enorme que te dejó más excitado que nada.

    —¿Alberto Encantador? ¿Te llamas Alberto Encantador?

    —No… Contador, dije Contador. Pero de encantador también tengo un poquito.

    —¿Y me vas a invitar a bailar o vas a beber hasta ponerte idiota?

    Su melena negra olía a perdición, a dulce de guayaba, a infierno.

    Olvidaste tu objetivo inicial y enfocaste las cosas de otra manera. Podrías decir que necesitabas tiempo para reflexionar y llevarte a aquella morenaza por allí algunos días, si ella quería, claro está.

    —¿Y a qué te dedicas, Alberto?

    —Soy ciclista —al parecer ella no sospechaba absolutamente nada, podría decirse que todo estaba saliendo sobre ruedas.

    —¿Ciclista? Nunca había conocido a un ciclista. ¿Pero eres profesional? O sea, ¿realmente te pagan por andar en bicicleta?

    —Claro, me pagan muy bien. Voy en bici por muchos países, mi equipo compite en la vuelta a España y en el tour de Francia. Pero ahora estoy de vacaciones. ¿Y a ti te gustan los deportes?

    —Sí, me gustan... A mí me gusta un deporte bastante rudo. Hay quienes dicen que no es un deporte, pero yo creo que para hacer lo que hacen hay que entrenar bastante duro. Ya sé que te vas a reír, pero a mí me gusta la lucha libre.

    No lo podías creer, casi se te cae la baba, las rodillas te temblaban, sentías un sudor frío recorriendo todo tu cuerpo, tus labios nunca habían estado tan calientes, sentías el latido de la sangre en ellos, querías besarla allí mismo. Querías llevarla a la cama, besarle las piernas delgadas y largas, llegar hasta su sexo, olerlo, saborearlo, subir por su ombligo hasta sus pequeños senos y morderlos, morderle el cuello, las orejas, los labios, morderla mucho, revolcarte toda la noche en su larga y endiablada melena negra.

    —Y los admiro mucho. ¡Hay unos que son gimnastas! A mí siempre me ha gustado mucho la gimnasia, yo era gimnasta cuando era pequeña... ¿Qué? ¿Por qué me ves así? Me crees muy tonta, ¿no?

    —No, no, no, para nada. ¡A mí me encanta la lucha libre! De hecho yo...

    Paraste en seco, había que pensarlo bien.

    —Yo... voy muy seguido a las luchas, colecciono máscaras.

    Así fue transcurriendo la noche, hasta que ella te invitó a salir de allí a fumar un cigarrillo.

    —No fumo pero te acompaño.

    Ya estando afuera le propusiste que fueran a un lugar más cómodo, más tranquilo y acogedor.

    Ella estaba esperando a que lo dijeras. Sin embargo, a tu casa definitivamente no la llevarías, esperarías a conocerla más y que pasara la prueba; además en tu casa no había cosas de bicis, había más bien cosas de lucha libre. Así que decidiste ir a un hotel de lujo para darle más emoción al asunto. Ella te sugirió uno en el centro de la ciudad, sólo tenía que hacer una llamada y todo estaría preparado. Aceptaste.

    Antes fueron a cenar a unas calles de allí. La pasaron estupendo, la mujer era una carcajada constante, su boca grande se abría hasta ver su campanilla. Sus ojos negros como su cabello y su delgadez te tenían absorto. Lo sabías, ella era para ti. Todo había salido de lujo, al subir al elevador en ese majestuoso hotel te pensaste enamorado, enamorado de verdad, no por conveniencia sino por una verdadera llave al corazón. Sólo habría que esperar a conocerla mejor y tal vez revelarías tu verdadera identidad, esperando que no se lo tomara mal. Todo podía pasar…

    Llegaron a la habitación, ella se quitó el vestido que cubría su hermoso cuerpo, se dejó los tacones, era definitivamente hermosa, perfecta. Tú también te desvestiste, recordaste que no te habías cambiado la ropa interior, pero de eso ella no tenía por qué enterarse. Fueron hacia el jacuzzi envueltos en música de la Sonora Santanera y estando allí, relajado en el agua caliente, comenzaste e imaginar un futuro con ella. Bebían champagne. Y pensativo, en dos segundos de abstracción, concluiste que había sido un día extraño, contrastante; ya no sentías rabia, ahora estabas tranquilo, tenías sueño pero no podías dormir, tenías que hacer el amor como con nunca nadie lo habías hecho, no podías creer las vueltas de la vida.

    Sólo cerraste un momento los ojos para descansar. “Estoy pensando en ti seguía sonando en la placidez de la noche.

 

La banda de las goteras delinquía en bares y cantinas de la Ciudad de México. Las mujeres ligaban con las víctimas escogidas minuciosamente, después los conducían a hoteles donde les daban de beber alcohol con benzodeacepinas o gotas oftálmicas con ciclopentolato, que actúa como depresor del sistema nervioso. En la mayoría de los casos las víctimas morían ahogados en su propio vómito.

 

Foto Hernán

Hernán Martínez

México DF, 1980. Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona. Diplomado en Estudios Escandinavos por la Universidad de Lineé (Suecia). Ha sido profesor de literatura de música y otras disciplinas a nivel bachillerato, además de productor y locutor en RadioUNAM y en Horizonte 107.9 en los programas "Las voces de Ossian" y ">El Aleph Sonoro". Ha participado en diversas actividades artísticas y culturales como recitales de literatura, exposiciones de pintura, performance, radioteatro, etc. Dirigió el segundo recital de poesía Chilango Andaluz. Actualmente se dedica a la investigación y creación literaria y musical, así como a la docencia en Barcelona.

Aneta Ciesielska
Polonia, 1984. En 2004 obtuvo el título de bachiller en Escultura y Bellas Artes. Estudió grabado, diseño y pintura en la Academia de Bellas Artes de Katowice y se graduó con uno de los mejores proyectos finales: Metatraumatic outcast (2009), con mucho éxito en prensa, radio y televisión polacas.

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