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Reinventando Blade Runner (a pesar de Philip K. Dick)

El pasado 25 de junio se cumplieron 35 años del estreno de Blade Runner, película de ciencia ficción que en su momento recibió mala crítica, pero que los años y el azar transformaron en la obra por excelencia del género y uno de los mejores filmes de la historia. Reseña de una inmortalidad inesperada.

Por: Fabián Buelvas

He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar. Naves de combate en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo igual que lágrimas en la lluvia. Llegó la hora de morir.

Últimas palabras del androide Roy Batty.

Antes de Blade Runner (1982), el cine de ciencia ficción materializaba las posibilidades de la aún esperanzadora Revolución Industrial: los viajes espaciales a velocidades inimaginables, saltos en el tiempo (Time After Time, 1979), el descubrimiento de animales fantásticos en este u otro planeta (King Kong, 1933; Godzilla, 1954), la comunicación con formas de vida extraterrestres o la salvación del mundo por cuenta de algún poderoso superhéroe (Superman, 1978). A veces las cosas se salían de control, se armaban guerras interplanetarias (Star Wars, 1977) o se alteraba el curso de la historia (Planet of the Apes, 1968), pero en general los protagonistas salían bien librados y el espectador quedaba satisfecho al ver una cinta agradable.
       Aunque se hicieron algunas películas técnicamente complejas, con guiones bastante sofisticados como 2001: A Space Odyssey (1968) de Stanley Kubrick, o Solaris (1972) de Andréi Tarkovski, el cine de ciencia ficción era entretenimiento puro y su riqueza narrativa estaba lejos de la versión literaria. Así las cosas, el estreno de Blade Runner pasó relativamente inadvertido y nadie esperó mucho de ella, por más que su director Ridley Scott hubiera sido aclamado años antes por su trabajo en Alien (1979).
       Blade Runner tiene lugar en Los Ángeles (California), año 2019. La ciudad es una mole superpoblada y peligrosa, y quienes tienen dinero prefieren vivir en lujosas colonias espaciales atendidas por androides. De vez en cuando algún androide se descompone, mata a su propietario y huye a la Tierra para no ser descubierto, pero en nuestro planeta su presencia es ilegal y en caso de ingresar deben ser retirados, es decir, reventados a tiros por un policía especializado en distinguirlos. Estos policías son llamados los “Blade Runner”.
       En noviembre, cuatro androides escapan de una colonia espacial y se esconden en Los Ángeles. Son modelos Nexus-6, tan avanzados que pocos Blade Runner los reconocerían. Quien sí puede es el veterano Rick Deckard (Harrison Ford). Durante la misión conoce a Rachael (Sean Young), un androide experimental aún más convincente que los Nexus-6, que le ayuda en su trabajo. Deckard se enamora de Rachael y la misión se complica, pero al final logra su cometido.
La opinión de la crítica fue implacable: una cinta deprimente, con muchos efectos especiales que no logran embellecer su drama insufrible, y un polémico final feliz escogido a dedo por los ejecutivos de la Warner Bros. Pero el arte, como se sabe, es hijo de su tiempo, y lo que parecía ser una película intrascendente terminó siendo una de las obras más influyentes del cine.
       Lo primero que llevó a Blade Runner a la fama fue circunstancial: el 2 de marzo de 1982, poco antes de su estreno, murió Philip K. Dick. Lo sórdido del asunto es que Dick es el autor de la novela que se usó para el guion, un clásico de la ciencia ficción que lleva el sugestivo título de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Booket, 1968), pero el escritor odiaba Hollywood y lo cierto es que el guión se parece muy poco a la novela. La puntada final la tiró años después el mismo Scott cuando confesó que no había leído a Dick, sino un informe ejecutivo porque le aburre la ciencia ficción.
       A los herederos del escritor no les caía tan mal Hollywood y pronto vendieron los derechos de su obra. Total Recall (1990), Minority Report (2002) y A Scanner Darkly (2006) son apenas tres películas de una larga lista de libros de Philip K. Dick llevados al cine. El escritor se convirtió tras su muerte en el gran autor norteamericano de ciencia ficción, y Ridley Scott empezó a ser llamado el director fundamental del género. Como todo lo que salía de las novelas y cuentos de Dick resultaba ser un éxito, Blade Runner no podía ser tan mala. La cinta tuvo un segundo aire y se hicieron siete ediciones diferentes, incluyendo una internacional y dos versiones del director, esta vez con un final menos cursi.
       Lo segundo, aquello que consolidó a Blade Runner como la mejor película de ciencia ficción según The Guardian y una de las 15 mejores de todos los tiempos para Empire, fue generacional. La estética apocalíptica, los personajes tristes y los diálogos sombríos no tenían cabida en los frenéticos años 80, con su música disco y su felicidad farmacológica. Durante la década siguiente, cuando Estados Unidos hizo de la depresión un Dios y a Kurt Cobain su profeta, la pregunta sobre qué significa ser humano era válida y Blade Runner la respondía: se trata de ser empático. En el filme, detectar a los androides es complicado no tanto por su parecido físico con las personas, sino porque son capaces de comprender y expresar las más profundas emociones; los Blade Runner, en cambio, son individuos fríos y apáticos, para quienes matar no es problema. La película es la historia del hombre buscando hallar en una máquina aquello que ya no está dentro de él.
       En octubre de 2017 se estrenará Blade Runner 2049, 35 años después de la original. En los últimos meses han salido un par de tráileres que crearon expectativa por ver de nuevo al detective Rick Deckart persiguiendo androides. La secuela cuenta con las actuaciones de Ryan Gosling y Jared Leto, un nuevo director y un público alrededor del mundo. Parece que Blade Runner 2049 conservará el espíritu de la primera, pero si algo falla, es poco probable que los devotos seguidores que la convirtieron en una obra de culto le den esta vez una segunda oportunidad.

 

Fotografía Fabián Buelvas

Fabián Buelvas

(Barranquilla, 1985). Ha escrito los libros de cuentos Espacios (2011) y La hipótesis de la Reina Roja (2017). Sus cuentos, crónicas y entrevistas han aparecido en El Malpensante, Labrapalabra, Cartel Urbano, Buensalvaje, Literariedad, Latitud y Revista Corónica. Finalista del V Premio Nacional de Cuento La Cueva (2015).

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