La actividad desplegada por el cuerpo
en el parkour sirve de pretexto a este ensayo
para enlazarlo, mediante una prosa en sí misma ágil,
con los saltos, viajes y contorsiones
del lenguaje en la escritura.
Por: Ingrid Solana

El cuerpo transgrede sus propios límites en el parkour. Se saltan paredes, se brincan balcones; la destreza de atravesar: l'art du déplacement. Se puede hacer con un entrenamiento especial: el de la calle. Se trata de pasar del punto A al punto B para esquivar los obstáculos con ciertas acrobacias. Los hombres que lo practican son humanos convertidos en insectos. Nadan sobre las paredes, crean el movimiento en la quietud. Piruetas en el aire, saltos vertiginosos, marometas para caer a salvo. Algunos logran permanecer horizontalmente con los brazos sujetos a un poste; otros se paran de manos en escaleras eléctricas; los más temerarios saltan entre los edificios. El parkour, como la vida misma, pone en jaque al ser humano en la urbe, se tiene que mover en espacios muy reducidos y peligrosos, sabe evadir y arrojarse, quitarse la camisa, usar el cuerpo, sobrevivir. El hombre desplazado transforma el miedo en acto y ametralla la pasividad de la oficina. Es el cuerpo que hiere, que parte, que raspa.
    Un cuerpo, al correr, lesiona la velocidad. La ligereza no se encuentra separada de los corredores, es una cualidad de los mismos. La rapidez tampoco existe como entidad bruta, se debe a la materia que la ejerce: ningún acto se encuentra emancipado de la sustancia que lo anima. El cuerpo del hombre desplazado es movimiento. Baile sin ripios: el movimiento en falso no es un simple error sino la muerte, o quizá todo en Le Parkour es jugar con la muerte, echarla sobre los hombros deseando a conciencia seguir vivos hasta que atrape la suerte con su mala treta.
    Al escribir se ejercita el parkour, patinaje imaginario con obstrucciones por saltar. Si el cuerpo que escribe está dotado de infinitas lecturas, teorías y citas, al escribir son más bien una valla. Acostumbramos ensayar con la memoria de la autoridad invisible, pero al momento de escribir hay que olvidar, dejar ir, desentenderse. El ensayo es la perla sabia de la experiencia: la experiencia es un acto puro, el movimiento de lo vivo; una acción bruta, salvaje, única. En el lenguaje la experiencia es más bien un artificio, mediada por los signos, desaparece en el mundo recreado con la palabra. La experiencia se quiebra entre las sílabas, se convierte en eco del pasado.
    Como la vivencia, la escritura tampoco está separada del cuerpo que la ejecuta, sino fundido con ella. El acto de escribir es igual al salto que efectúa un cuerpo; más que un tigre, una gacela. En sí mismo es absoluto, el espacio en el que todo converge. Escribir desplaza: el sentido no se encuentra fijo en el texto, es movedizo, se cimenta en la polisemia, en el disparate, en el delirio. Pessoa dice que un hombre superior es aquel que persiste en realizar un acto que sobradamente reconoce como inútil. No existen limitaciones para una actividad infructuosa; es única, perfecta; la culminación de la ironía.
    El hombre desplazado conoce bien sus limitaciones. Es imposible escalar una pared entera, contravenir la alturas, hacer que el cuerpo sea adversamente distinto a su condición humana. Es necesario comprender que la fuerza se adquiere después de mucho tiempo de entrenar. Actividades temerarias que hacen del desorden su cualidad más imperiosa; aparentemente el hombre que desafía su propio estado físico para privilegiar los actos no teme los peligros, se encuentra siempre en el filo arriesgado de la falta de cálculo, del error. Caerá. El hombre del parkour también es consciente de su fragilidad, pero el movimiento es mucho más valioso que la inacción.
    El escritor conoce los peligros de la página, la limitación de los lugares comunes, la influencia del cliché. Se enfrenta a la escritura de sus contemporáneos con la reserva del que observa un presente sobre el que pronunciará la palabra equivocada, el prejuicio de la moda, la reserva de la incomprensión. Lo escrito es la arena movediza de un presente que se prologa el libro de los acontecimientos futuros; ese lugar de soledades y ausencias, a donde nunca llegará el habla de lo cotidiano.
    Poner en crisis la obra quiere decir que el cuerpo que escribe es autónomo, que superará sus aficiones anteriores, que las incorporará invisiblemente al espacio del texto. Escribir rebela, tal y como el movimiento al hombre del parkour que va contra la rutina habitual del cuerpo. Escribir desplaza: la univocidad por el sentido múltiple, la eficacia por la discontinuidad, las mentiras de la máscara por la verdad de sus obstinaciones.

Ingrid Solana

Ingrid Solana

Publicó los libros De Tiranos (2007, Limón Partido), Contramundos (2009, Instituto Mexiquense de Cultura) y Barrio Verbo (2014, Fondo Editorial Tierra Adentro). Estudió la licenciatura y la maestría en Letras en la UNAM, donde actualmente termina un doctorado en la misma materia. Ha dado clases en diversas universidades mexicanas entre ellas la UNAM, el ITAM y la Universidad Panamericana. Ha trabajado en el guionismo y en la investigación. Sus textos han aparecido en diversas publicaciones como Andamios, Casa del Tiempo, Contrapunto, Pliego16, etcétera.

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