Flores
sobre
el cuerpo

Un encuentro con la policía
y la obsesión que le contagia una médico forense,
conducen a Gala, maestra de preescolar,
a tener una delicada atención sobre los moretones
y la violencia que los germina.
por: Yael Weiss

Para Ilan


Lo más profundo que hay en el hombre es la piel.
Paul Valéry


I

Al fin apareció la médico forense en un extremo del pasillo. Avanzaba rápido, con los pasitos que le permitían sus piernas cortas, como si reconociera a Gala y corriera hacia ella. No era extraño, puesto que la médico forense sabía que alguien la esperaba en los subterráneos del palacio de justicia y Gala era la única persona en el lugar. Quizá lo raro, más bien, era que Gala imaginaba otro aspecto en la médico, más alargado, más frío, más lento. Más negro. La mujer que acudía a la cita contradecía sus expectativas con una camisa floreada, una falda verde menta, pantimedias rosas y mocasines camper. Eso sí: una voluminosa bolsa de cuero oscuro al hombro.
       —Perdón, perdón –empezó la médico en su recta final, los últimos cinco metros—. Tuve un caso en el exterior.
    —Sí, sí –respondió Gala–, me avisaron. Que tuvo un muerto sospechoso.
       —Sí, eso, exacto, un muerto sospechoso.
       Estrecharon manos y entraron al despacho.
       —Siéntese, por favor. En… un momento empezamos.
       La mujer prendía luces, movía sillas. Posó sobre el escritorio su gran bolso y hundió ambos brazos en el interior. Gala vio salir unos tupperes (que desaparecieron al instante bajo la mesa), un paquetito de kleenex, un teléfono celular con protector de calaveritas y un monedero rosa con calaveritas también. La médico forense calzó unos lentes de pasta y se acomodó sobre la silla.
       —Bueno, ahora sí. Cuénteme qué pasó. ¿Cómo fue el altercado con la policía?
       —El altercado… sí. Este... Pero ya todo quedó consignado con la juez, ¿no?
       —Algo me dijo. Pero yo necesito todos los detalles por favor. Cómo y dónde la golpearon, cómo empezó, por qué. Espere. Primero, deletree su nombre.
       Gala dio sus datos personales, fecha y lugar de nacimiento, nivel de estudios, enfermedades de niñez, embarazos, abortos, operaciones quirúrgicas. La médico forense escribía sobre un cuadernito con letras redondas y cuidadas que Gala renunció a descifrar desde su asiento. Se apoyó sobre el respaldo. Se sentía molida por los golpes y la noche en el separo. Le era agradable hablar de su cuerpo como de un objeto con características medibles, con un historial de accidentes ubicables en el tiempo y el espacio. Buscó la mayor cantidad de detalles para alargar el momento. Contó que era maestra de escuela.
    —¿Conocía con anterioridad a la señora policía? –interrumpió la médico.
         —No.
       —¿Por qué le dio un puñetazo en la cara?
       Gala intentaba responder esa pregunta desde la noche anterior, tanto en los interrogatorios como en el silencio del separo. No lo sabía. Algo en el aire. Una descarga eléctrica. Una comezón.
       —Tenía a dos muchachos con las manos sobre la pared. Ellos no estaban haciendo nada. Los registraba, les tocaba el pene con su cachiporra. Lo vi todo. Eran sólo dos adolescentes.
      —¿Intentó hablar con ella?
      —Intenté, pero no se pudo.
      —Ok. Muy bien.
       Cambió de hoja, siguió apuntando. Gala medía sus palabras.
       —Bien. Ahora pasemos al examen por favor. Quítese toda la ropa.
       —¿Los calzones también?
       —Los calzones también.
       Gala obedeció. Era la única manera de comprobar que la policía se había vengado directamente sobre su cuerpo. Según su abogado, si ella amenazaba con empezar un juicio, la policía retiraría los cargos en su contra. Ésa era la apuesta.
       –Disculpe... –empezó Gala mientras doblaba con cuidado su ropa percudida.
       —¿Sí?
       —¿Los médicos forenses no son sólo para los muertos?
     —No. Nos ocupamos de todos los delitos contra el cuerpo. Desde un diente roto –la médico desplazaba objetos sobre su escritorio mientras Gala, indecisa, hacía bolita sus calcetines–. Hay hombres que se agarran a golpes en la calle y luego inician un juicio de reparación con cirujano plástico de lujo. Piden una nariz nueva y respingada, cosas así. ¿Ya está lista? –la médico dio unos pasos y encendió una lámpara de luz blanca–. Acérquese por favor.
       El examen se hizo de pie. Gala se posicionó sobre unas huellas blancas dibujadas en un tapete de espuma. La médico forense, sin separarse de su cuaderno, subió a un escaño para comenzar el trabajo desde la coronilla. Analizó el cráneo con la yema de los dedos, peinando para aquí y para allá el pelo enmarañado y sucio. Bajó del escaño y continuó el examen en círculos, como si analizara un columna de jeroglíficos. Enunciaba sus observaciones y las apuntaba. Hematoma, 3 x 4, sobre hombro derecho a 1 centímetro de la cabeza del húmero. Contusión, 2 x 4, sobre escápula derecha. Hematoma, 1 x 1, bajo la axila izquierda, sobre primera costilla. Y así hasta la punta del pie. A diferencia del médico de los vivos, la médico forense no indagó en ningún momento si le dolía aquí o allá ni se esforzó por romper las bahías de silencio. Cuando terminó con cinco vueltas completas el recorrido del cuerpo de Gala, cerró su cuaderno y preguntó:
       —¿Puedo tomar unas fotos?
       —Sí, por supuesto.
       Después de un par de tomas cercanas, Gala preguntó si eran pruebas para el juicio.
   —No. El juicio sólo usa el reporte escrito. Las fotos son para mi colección personal. Estos hematomas tienen formas y colores peculiares —explicó—. Es muy interesante.
       —¿Interesante? ¿Por qué?
    —Son como flores. Aunque el método de golpe no es óptimo y las flores no están correctamente definidas, la tendencia es clara. Los pétalos son muy afilados, como dientes de león. Ya te puedes vestir.
      —¿El método de golpe? –Gala estaba sorprendida–. ¿Con otro método de golpe las flores salen mejor?
   —Exacto. Podría usted presumir una hermosa decoración natural, un pequeño jardín personal de flores azul con amarillo. Fíjese bien, mire aquí —la médico acercó la pantalla de su pequeña cámara digital y Gala detuvo el acto de ponerse la camisa–, los amarillos sólo aparecen hacia el centro, como pistilos. No en cualquier cuerpo se obtiene tanta precisión en el delineado, y menos en el color.
    —¿En su colección personal tiene puros hematomas con forma de flor? —Gala pasó la cabeza dentro de su camisa.
  —No, no. Una vez tuve un cuerpo que producía círculos perfectos y concéntricos. El centro morado, luego rojo, amarillo y una línea exterior muy delgada verde. Otro caso es el de una mujer que reaccionaba a las contusiones con patrones de fuentes de agua. La conocí como cadáver. A partir del punto de impacto, los capilares se dañaban hacia arriba, a la vertical, con una ligera inflexión final, como chorros que se elevan y luego caen. Curioso, ¿no?
       Gala terminó de vestirse, calzó sus zapatos y dudó unos momentos.
    —¿Me muestra otra vez mis fotos?
       Después de mirarlas, Gala preguntó cómo podía obtener patrones de flor más precisos.
   —Con un especialista golpero.
   —Ah. No sabía que existía… ¿Me puede recomendar a uno?
       –Sí. Te voy a dar el número. Pero tienes que esperar a que desparezcan estos moretones mal hechos. ¿Tienes dónde apuntar? Ah, no, espera. Ten esta tarjeta.
    —Gracias.
       Gala se quedó mirando el cartoncito.
    —¿Pero es legal esto del golpero?
   —Sí. Claro. Es como los tatuajes o los piercings. Que la gente haga lo que quiera con su cuerpo mientras no se mate. Y mientras sea voluntario.
       En el umbral del despacho añadió a manera de despedida:
   —Pasaré el reporte a la juez. Ya puedes irte a casa y tomar un baño. ¡Suerte!
       Le guiñó un ojo y cerró suavemente la puerta.

 

 

II


En el aula sobrecalentada, después de una larga A y con la mano aferrada al plumón, Gala se inmovilizó, incómoda. Volteó. La clase tomaba apuntes con el aspecto general de siempre. Caras arriba hacia el pizarrón, caras abajo hacia el cuaderno. Ese vaivén. Un niño se reía, quién sabe de qué, y otro buscaba algo bajo su mesa, quizá su pluma.

       ​Absolutamente nadie podía adivinar bajo su blusa, sobre su espalda, las flores moradas y verdes, cada vez más precisas y dueñas del espacio de piel. Gala sentía un hormigueo ahí, como diminutas y ligeras patitas que corrieran entre sus omoplatos. Como en su pesadilla recurrente de estudiante de biología, después de las disecciones: su cuerpo aparecía en el patio de la facultad, recubierto de cucarachas, pero debajo ella estaba viva.
       Tapó el plumón y se sentó sobre el escritorio. Ahí seguía, recién leída, la circular de esta mañana.
    —Bien. Ahora vengan por el material en parejas. Empieza la primera fila. Julieta y Lea, por favor.
       Gala entregó charola, lupa, jeringa, pipeta, bisturí, una caja Petri y un insecto a cada equipo. Examinaba las manos tendidas de cada niño, o adolescente, o como se llamen esos cuerpos de once años. "Vigilen las cicatrices en muñecas y antebrazos", advertía la circular distribuida a todos los profesores de la escuela. Por este medio se enteró Gala del juego cibernético que cobraba muertes entre los jóvenes. Los recién incautos realizaban pequeñas cortadas en sus brazos, los más avanzados en el juego dibujaban sobre su piel, con un cuchillo, animales como peces y arañas. "Vigilen."
       —¿Qué es eso?
       —¿Qué maestra?
       —Eso que tienes ahí.
       —Me mordió mi hermano.
       Las huellas de los dientecitos definían una circunferencia de puntos rojos. Era una marca redonda, apenas abultada en el centro, perfecta.
       —Aquí tengo otra, maestra –la niña arremangó su camiseta y mostró una marca similar en el hombro–. Pero mi mamá no le quiere pegar.
       —¿Y tú no le pegas?
       —No.
       Gala no preguntó más: no eran cicatrices de cuchillo, no era el juego mortal. Eran marcas de vida. Y bastante bien logradas. No iba a entregar niños a psicólogos y policías a la primera de cambio. Que se vayan al cuerno con su numerito rojo de emergencia.
  —Bueno. Todos tienen un insecto en su charola. Obsérvenlo bien. Tienen que identificar qué insecto es, qué hacía en vida, cómo comía, qué comía, cómo se desplazaba. Fíjense en las alas, en las patas, en los pelos, en las antenas, en las mandíbulas, en todo. Descríbanlo. Compárenlo con los dibujos de su libro. Hay un microscopio aquí –señaló una esquina del salón–. Y agua destilada.
       Ya nadie la escuchaba. Todos agarraban jeringas y bisturíes.
    —¡Primero observen! ¡No corten! ¡No destruyan su objeto de estudio!
       Un niño la miró con cara de susto. Los demás no la pelaron.
       Gala volvió a su escritorio. Sentía las patitas ligeras en su espalda, entre sus flores secretas. Frente a ella, los alumnos llevaban su vida de alumnos, protegidos por las paredes del instituto, a salvo, por el momento, de las guerras, de los asesinatos en las calles. De pronto entró el supervisor escolar con un policía. Pasaron entre los rangos sin decir más palabra que –¡Buenos días! Niños, sigan con sus actividades. Con permiso, maestra. –Se llevaron a la pequeña de las mordidas. Gala, que ya tenía un juicio pendiente por romper la nariz de una mujer policía, no dijo nada. Se quedó mirando cómo un alumno cortaba su grillo en pequeñas rebanadas.

      
III


Se acostó, desnuda de la cintura hacia arriba. Aplastó sus senos como dos almohadillas blancas sobre la cama de cuero café. Se concentraba en los sonidos que Carlos producía al desplazarse por el estudio.     
    —Esas flores van muy bien. Falta un poquito de definición en los bordes, vamos a intentar con unas agujas especiales que tengo por aquí.
       La voz llegaba de los anaqueles del fondo, donde se alineaban los objetos de vidrio. Gala tenía los ojos cerrados, pero conocía el sitio de memoria. Era su momento preferido de la semana. Aquí se sentía protegida del mundo exterior.
       —¿No has tomado, verdad?
       —No.
       —Recuerda que nada de alcohol. Adelgaza la sangre.
      —¿Sabes? Algunos de mis alumnos traen moretones por todas partes.
       Carlos ahora buscaba algo en el área de los látigos y cuerdas. Gala oyó el tintineo de algo metálico, quizá un cajón con monedas, o clavos. Le gustaba este espacio amplio y ordenado, mejor que los laboratorios de biología con sus excrementos de mosca, matraces chorreados sobre papel aluminio, tapas oxidadas, mugre sobre experimentos olvidados desde cuándo. Aquí las cosas encontraban un sosegado y limpio lugar. Aquí ponías el cuerpo vivo, no animales muertos.
    —Son moretones involuntarios, sabes, como de caída en el recreo, pero no sé qué tanto.
       —¿Qué tanto qué?
    —Qué tanto son tan involuntarios. Hay alumnos rarísimos, con más moretones que los demás. Me parece atractivo, aunque sean niños.
       Carlos acercó una mesita con ruedas, se puso los guantes. Gala escuchó el chasquido del látex. Un calofrío subió por su columna hasta la nuca.
       —Me crucé con tu dentista. Por eso no toqué el timbre.
       —¿Ah sí?
       —¡Me asustó! Me llegó por la espalda, no lo escuché venir.
       —Es muy silencioso.
     —Me cayó bien. Me enseñó su consultorio, no imaginé que fuera tan grande esta casa. Y su taller de prótesis dentales.
       —…
        —¿De verdad hay tipos que cambian sus dientes sanos por otros afilados como cuchillos?
       —Es una moda.
       —¿Y cuando se muerden la lengua?
       —Imagínate. Unos acaban en el hospital.
       —Me impresionaron los colmillos puntiagudos… ¿Sabes? Hacen buena pareja ese dentista pelirrojo y tú.
       —Gracias.
       Gala sintió el primer pinchazo. Apretó la quijada y lo dejó trabajar.
       Al despedirse, veinte minutos más tarde, Gala intentó verlo a los ojos. Imposible. En cuanto alcanzaba el iris azul pálido, era expulsada hacia la periferia, fuera del globo ocular, hacia la cuenca negrísima. Carlos tenía ojos de mapache. Ni siquiera se veían sus cejas. Las escondían dos perfectos puñetazos decorativos, morados, circulares, siempre iguales.


IV


La médico forense estaba sentada junto al ataúd, entre los arreglos de flores y velas, con sus mocasines camper y una camarita sobre las piernas. Sus manos colgaban a ambos lados del asiento, atadas a unos brazos cortos, rechonchos e inertes. Gala no la había visto desde su desventura con la policía, pero sabía que era la madre.
       Recostado bajo el vidrio, Carlos flotaba a una distancia infranqueable, con su antifaz oscuro impecable, mejor que en vida cuando lo perforaba la mirada azul intenso. El hombre que lo mató a golpes, quien rompió sus costillas y espalda y perforó sus pulmones, le dejó el rostro ileso. Ahora, con los párpados del mismo color que el resto, sellados con una gotita de pegamento, se hacía la metamorfosis completa: era el hombre mapache muerto.
       Gala sintió las patitas de insecto iniciar el recorrido en círculos por su espalda, pero más pesadas, como si en lugar de hormigas se tratara de cucarachas. Precisaba un pellizco, una sacudida, algo. La médico forense la reconoció e inclinó la cabeza a modo de saludo. Gala le dijo “perdón” en vez de “lo siento”. Fue un lapsus inexplicable pero la médico no reaccionó. Se callaron ambas en primera fila del muerto. Dos ventiladores con barbas de polvo removían el aire caliente. Gala clavó su mirada en la caja barnizada mientras su mente volvía al artículo sobre una tribu esquimal leído esa misma mañana. Allá, sobre el hielo, las luchas cuerpo a cuerpo que no culminaban en muerte sellaban una amistad. Golpear se consideraba un acto íntimo. "Es verdad", pensó ella, "y deja marcas, como el amor". ¿Quién golpeaba con tanta precisión, y con tanto amor, los ojos del golpero mismo? El dentista seguía inconsciente en una cama de hospital, con la boca reventada pero vivo.
       "Fueron los policías", decían todos. El aire se preñaba de furia contra la ley. La funeraria estaba a reventar, el calor era infernal, usado y sobre respirado, pero también lo era en las calles, en el verano abrasador. Se convocaba a una marcha de protesta a las tres de la tarde a pesar del sol sin piedad. Se lo dijo un chico muy delgado con el rímmel corrido por las lágrimas que iba de grupo en grupo, como dando el pésame. A su lado, una mujer contaba que la médico forense había examinado en persona el cuerpo de su hijo.
       Gala pensó en las fotos. Quizá la médico sacó su camarita y tomó algunas para su colección personal. Las gotas de sudor empeoraban la sensación de comezón en su espalda. El hacinamiento en el velatorio volvía más pesado el olor a crisantemo y gladiola, y más recia la sed. Había café del otro lado de la sala, pero Gala no tenía la fuerza de remar entre la gente. Había una gran mayoría de hombres con aspecto cuidado, con las cejas depiladas, del tipo con que se topaba Gala en la sala de espera del golpero. Todos cubiertos de negro, de los pies hasta el cuello. Bajo las vestimentas oscuras, Gala adivinaba los moretones, las marcas decorativas conocidas sólo por Carlos y por ellos. Se limpió la boca con la manga de su camisa, la saliva seca en las comisuras.
       Por contraste con el ambiente, su mente volvía a la tribu esquimal. Y luego, en un movimiento pendular, a la policía ruin de una ciudad que empezaba su guerra. Hace unos meses, a ella le retiraron los cargos por violencia contra la policía, y ni siquiera pagó la nariz rota, precisamente porque le dieron una paliza en la comisaría. Ojo por ojo, diente por diente. ¿Quién matará a un policía para vengar a Carlos? "Ahora podríamos ser amigas, esa mujer que golpeé y luego me golpeó", piensa Gala. "Aunque con este clima tórrido, quién sabe."
       Cuando no pudo más con la comezón, con el sudor que le corría por la espalda, con la tristeza y el hacinamiento, Gala se abrió lento paso hacia la puerta, entre las telas oscuras que eran como sudarios y el techo bajo que apisonaba el aire sucio sobre el muerto y los dolientes.

      
      

V


Un día, Gala recibió una invitación para la apertura de una muestra de fotos en un museo finlandés. Tomó entre sus manos el cartoncito fríamente diseñado, con el close-up de un moretón naranja, tal champiñón atómico, sobre una piel negrísima. No pudo viajar pero vio por internet parte de la obra expuesta. La médico forense, al jubilarse, había vendido su colección al museo nórdico. Entre los cientos de cuerpos magullados y moreteados, entre los vivos y los muertos, encontró una fotografía de Carlos adolescente, de unos once años. Aparecía con el labio roto y un ojo negro. Imprimió la foto y, aunque pixeleada, la pegó en una esquina de su ropero, junto al espejo. No explicó nada a la mujer alta y uniformada con quien ahora compartía recámara y destino. Esto le valió un golpe en la espalda, un trancazo delicioso que ahuyentó por un par de horas la comezón permanente que torturaba su piel delicada.

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