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El erotismo crepuscular
de Henry Miller

La pasión amorosa fortalece y da calor a los años finales de la vida. Eso lo sabía el escritor neoyorkino Henry Miller (1891-1980), quien hasta su muerte rindió culto epistolar a una Venus aparecida de sus lectoras.

Por: Luis Mario Vivanco

En los años que preceden a la Segunda Guerra Mundial, un hombre con aspecto de vagabundo camina por las calles de París. Hace tres días que no come. Oscurece y él se dirige lentamente hacia la banca de un parque público en la que ha dormido varias noches. No tiene prisa. Nunca tiene prisa. Unas horas más tarde, se queda dormido. A la mañana siguiente, muy temprano, no sabe si es el hambre o el frío lo que lo ha despertado, pero descubre con un extraño y momentáneo júbilo que tiene una erección. Se siente vivo, alegre, afortunado. Sin poder explicarse por qué, sabe que el mundo y la vida le reservan mejores momentos. Se levanta y camina hasta encontrar un expendio de pan, entra, y mira a la mujer que atiende. Piensa que si él tiene el valor para humillarse a pedir un pan, ella no tendrá el valor para negárselo. Sale con dos panes.
     Medio siglo más tarde, ese hombre es ya una leyenda viviente en el mundo literario; su nombre, Henry Miller, figura entre los posibles candidatos para obtener el premio Nobel que, por cierto, nunca recibirá “porque algunos miembros del jurado esperan inútilmente a que reaccione y tome el camino del bien”. Mientras tanto él, con ochenta y cuatro años de edad, “artritis en una cadera, arterioesclerosis en la otra pierna” y ciego completamente de un ojo, revisa su correspondencia. Descubre, entre la multitud de cartas que recibe de sus amigos, lectores y admiradores que tiene en el mundo entero, una que llama especialmente su atención. Se trata de la carta de una mujer que dice llamarse Venus.
     Es importante mencionar que, en aquella carta, su autora se declaraba admiradora de Miller y su obra, y le manifestaba su deseo de conocerlo; además, le enviaba unas fotografías y una carta que el propio Miller había escrito a Hoky, una de sus esposas. Esta última la había encontrado dentro de un libro, adquirido en una subasta. Si revisamos cuidadosamente estos elementos, es posible que cada uno por separado pudiera llamar la atención del escritor; sin embargo, él sólo habla, en la primera carta que le escribe a ella, de las fotografías. Ayudado por una lupa, las revisa cuidadosamente y sólo se le ocurre una pregunta: “¿En verdad te llamas Venus?”
     Es ése el principio de la última pasión implacable de Henry Miller.
     Esa primera carta que le escribe a Brenda Venus, fechada el 9 de junio de 1976, marcó el inicio de una correspondencia llena de un entusiasmo, un vigor y una constancia sin igual. A partir de la primera carta, fueron contados los días en los que Miller dejó de escribirle, aunque fuera sólo unas líneas. En cambio, hubo ocasiones en las que llegó a enviarle hasta tres cartas en un mismo día. De cualquier forma, lo más impresionante de todo, es que dicha correspondencia sólo pudo ser interrumpida por la muerte de Miller, cuando éste contaba con ochenta y nueve años de edad. En su segunda carta le dice: “A mi edad, los hombres somos más sensibles que nunca a los encantos femeninos. Nunca se tiene bastante”.
     Dentro de sus esquemas, raras veces la sociedad considera un espacio respetable para el erotismo entre los ancianos. Frecuentemente se piensa que los hombres de edad avanzada han dejado de lado sus intereses de índole sexual; en cuanto a las mujeres, sólo se mencionan las excepciones que confirman la regla. De los hombres se dice que son raboverdes o, peor aún, viejos degenerados.
Año 0, número 1, agosto-septiembre de 2017

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