transparencia

El globo feroz

El destino de la relación entre un padre y su pequeño pende de un hilo, como ese con que una mano infantil sujeta un globo. El viento que sopla entre ellos tiene la marca con que el que el lobo de los cuentos folclóricos arrancaba techos y destruía hogares...

Por: Dán Lee

Enfrente de la iglesia. No sé por qué te traje por este camino, pero aquí estamos. Tu mamá me reclama con frecuencia por no traerte a misa… no es que yo lo impida; bien podría traerte ella si se lo propusiera, pero alguien tiene que tener la culpa y la indolencia me hace un blanco fácil.
        Este gorro con forma de rana se te ve simpatiquísimo. ¿Eres una ranita?, te pregunto y te hago saltar en mis brazos; dices “másh”, así que lo hago de nuevo. Ríes. Ese amanecer blanco y redondo que apenas rebasa la línea de tus encías, ilumina mi mundo a pesar de que para los demás sea casi noche. Las lágrimas suben a mis ojos.
        Miras las gotas resbalar por mi cara. Haces gesto de no entender, abres más los ojos y juntas los labios. Subes una de tus manos hacia mi rostro. Nunca me habías visto llorar, no de tristeza. Me limpio y finjo una sonrisa que al parecer te engaña, pues muestras de nuevo tus dientes y el sol sale de nuevo.
        Vente, vamos a caminar. La gente que viene a misa nos mira raro. No les gusta ver adultos llorando; se preguntan qué cosa tan mala puede haber pasado para que una persona pierda toda inhibición y rompa el tabú; peor aún si se trata de un hombre. Si tú lloraras no habría problema. Nos verían con una sonrisa compasiva, tal vez comprensiva, pero tú vas en silencio.
        Decenas de veces has visto lágrimas mías, siempre mezcladas con alegría: cuando dijiste “¿Quesh?”, tu primera palabra que reveló que para ti lo más importante es conocer más; la noche de tus pasos tambaleantes, recorriendo la distancia entre tu mamá y yo; la mañana cuando el mar lamió con frialdad tus pies y quisiste trepar mi cuerpo como un lémur, asustado por la ola que fue a expirar frente a nosotros… Hemos estado juntos toda tu vida, ja. Vamos a caminar, amigo; vamos al parque antes de que la noche nos aplaste.
        Miras los árboles y los juegos desde media cuadra antes de llegar. Te inquietas en mis brazos, como un cachorro que presiente el suelo y quiere poner a prueba sus piernas contra la inmensidad del planeta. Señalas el área de resbaladillas y túneles; empujas tu cuerpo hacia allá. Sí, amigo, vamos a jugar. Me pregunto cuándo será el día en que vuelvas a corretear entre estos armatostes de plástico y colores; supongo que conocerás otros, y que alguien más te observará cuando explores esos espacios… no sé si pedirás que otros brazos te eleven hacia donde no alcanzas, que te den apoyo para aventurarte en tareas que aún no puedes lograr solo… Desde nuestra primera visita te he subido a la resbaladilla más alta, te he inducido a trepar el túnel más empinado para que sepas que soy tu base, que puedes contar conmigo para intentar lo más difícil, y también para que descubras que hay metas que no se pueden alcanzar; vivirás la frustración durante miles de días en tu vida, y no vas a desaparecer los obstáculos con llanto o gritos.
        En el parque la luz huye. Un pequeño pasa junto a nosotros con un globo que flota. “¿Quesh?”, dices y señalas. “Globo”, contesto. “¿Baabo edoz?” No te entiendo, como muchas veces. Hago un esfuerzo por traducir. ¿Qué significa esa expresión en tu mundo de palabras redondas? “¿Baavo edoz?”, inflas los cachetes y soplas con fuerza. Haces eso cuando jugamos al cumpleaños y apagas las velitas imaginarias. No sé que quieres decir. Repites la palabra y resoplas, como yo cuando te cuento tu historia favorita, “Los tres cochinitos”, y llegamos a la parte de Soplaré y soplaré… Claro, “globo “ para ti es “lobo”. Baavo edoz es el Lobo Feroz “¿El Globo Feroz, hijo?”, pregunto. Asientes y señalas el juguete del niño. La risa me atraviesa como una parvada de loros saliendo de una gruta subterránea. Te contagio. Nos entendemos por fin en ese lenguaje de chispas que me has enseñado. Río hasta que escapa el último loro.
        Un globero intenta llamar la atención de los niños emitiendo un pitido agudo con su silbato. Debe aprovechar éste último chance de deshacerse de su mercancía. “Baabo”, dices y me tiras hacia allá. Si te comprara el globo no podrías andar por los juegos y terminarías dejándolo ir a reventarse a la estratósfera… qué más da. No es día para decir no. Vamos por él.
         “¿Qué color quieres?” Señalas uno amarillo y dices “atul”. Lo anudo a tu muñeca. Miras la esfera de goma, te fascina el hecho de que no baje. “¿Te gusta tu globo?” “Baabo edoz”. Jaja.
        El encanto dura unos minutos en los que jaloneas el cordón y miras los débiles intentos del globo por escapar. Al final, las resbaladillas, escaleras y túneles de plástico terminan por ejercer su infalible encanto. Caminas hacia ellos y jalas mi índice. “Men”. Sí, amigo, allá voy.
        El tiempo se desliza por toboganes, gatea veloz a través de enormes tubos coloridos, sube escaleras a trompicones… pero no puede quedarse quieto. La noche termina por robarse hasta los últimos rezagos de claridad, refresca demasiado, aun para tu suéter y mi sudadera. Sólo en mi forma de pensar cabe sacar un infante a la calle con gorro pero sin chamarra. Eres el único niño en el parque; los demás padres, más conscientes o menos desesperados, no quieren exponer a sus pequeños al frío. Yo sólo deseo grabarme a fuego esa sonrisa amanecer, esa voz universo de luminosidad, que no se cansa de decir “másh” al resbalar al cabo de un tobogán. Como era de esperarse, el globo feroz terminó atado a mi mano, pues estorbaba tus correrías.
        En mi bolsillo vibra el teléfono celular. No necesito ver la pantalla para saber quién interrumpe. Podría simplemente quedarme aquí, tomarte entre mis brazos y no dejar que crezcas ni un milímetro más, que no se acumulen las células y seas eternamente mi pequeño amigo, sin obstáculos, dueño de tu sonrisa.
        Te levanto y lleno de besos tus cachetes. No sabes si reír o escapar de mi abrazo para seguir jugando. El teléfono vibra de nuevo. Si te llevara conmigo, ¿dónde iríamos?, ¿podría trabajar y cuidarte a la vez?... Trabajar, siempre trabajar. Qué ironía estar obligado a ser el sustento de tu ausencia. Debo fastidiarme todos los días desde temprano. Dicen que para que no te falte nada. El celular vibra de nuevo y te hace cosquillas en la barriga. Aprieto el botón de responder y lo pongo en tu oreja. Ríes; ríes siempre. Una vocecilla como de insecto sale por la bocina. Alcanzo a percibir las palabras “frío” y “prisa”. “Mamá”, dices. Sí, amigo. Cuelgo.
         Tu cara está fría. Lo siento. Siento no haberte puesto un abrigo, no haber salido con todo tu guardarropa, con el clóset entero. Lamento tener que enfilar de vuelta a casa. Pero este frío… Eres muy sensible a los cambios de temperatura, como yo. Si no nos vamos ya, pronto tu nariz escurrirá, la mía también. Te aprieto en mi pecho. Vámonos. Quisiera ir más lento, pero es lo mejor para ti. A cada paso, las lágrimas se insinúan de nuevo. Más rápido. Ríes, crees que es un juego. El globo se jalonea, rebelde, flojo. Ríes y buscas mi mirada para compartir tu alegría. No puedo fingir más, amigo. Lo intento, de veras, mi sonrisa se tuerce, desfigurada. Lloro. Sin límites, pensando que es lo mejor para ti, que no te dé el frío, que un niño debe estar con su mamá… y sí, tu mamá es buena contigo… yo no puedo cuidarte, tengo que trabajar, no sé para qué, pero tengo… Ella estará esperando… Me ves con extrañeza. Tu sonrisa se desdibuja al ver mi gesto desconocido. Haces un puchero. No, amigo; tú no. Déjanos el dolor a los grandes. Mira, como puedo, sonrío, ja. El globo feroz, qué chistoso. Mira, tu mamá está allí. Dos maletas la flanquean. Platícale cómo te fue en el parque. Extiendes tus brazos hacia ella. Te amo, amigo. Intercambio tu peso suave y amoldado a mí por el tacto ríspido del equipaje. Alegre, te dejas llevar. Ella y yo nos miramos brevemente. Me da la espalda. No hay adiós, sólo una distancia que a cada paso se torna más dolorosa.
         Levanto la mano en señal de despedida, por si te vuelves a verme. Noto que el globo feroz sigue aquí, atado a mi muñeca. Tira hacia arriba. Me limpio la cara y tomo una valija en cada mano. Ven, amigo globo. Vamos a caminar hasta que no haya pies. Se hace tarde, pero no te preocupes. No tengo nada que hacer mañana.
Dan Lee

Dan Lee

Narrador defeño. Ha publicado cuentos en decenas de revistas y antologías nacionales e internacionales, impresas y electrónicas. Compilador y editor de la antología de cuentos Desde las Islas (UNAM, 2008). Autor de los libros Función Monstruo (cuentos, M.A. Porrúa, 2013) y Mentiras bien contadas (narrativa, UAMEX, 2014), el libro más leído y descargado a la fecha de la Biblioteca Virtual de la Universidad Autónoma del Estado de México.

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