transparencia

Él es Anselmo
Y ella se llama Victoria

En el sucio juego del amor, las caídas en el encordado de la vida en común también pueden ser tres y ser definitivas. A través de situaciones cotidianas, del sexo salvaje, de los sagrados miércoles, Victoria y Anselmo van acercándose a una tragedia abierta que les confirma la dureza de una certeza: la vida les debe.
Por: Yael Weiss
La casa de Victoria era más grande que la de Anselmo, de modo que ganó con ventaja y alevosía la sede para la nueva vida de pareja. Aunque no tenía sala, contaba con desayunador y un lugar de estacionamiento para el Tsuru. Con los ahorros de renta de esta vida en común, comprarían otro coche y se irían de vacaciones al mar. Anselmo se tragó el orgullo, abandonó su cuchitril y llegó un domingo por la tarde adonde Victoria, con sus maletas y dos-tres muebles. En esta mudanza lo asistió su cuñado, dueño de una furgoneta, y se tomaron unas caguamas nada más llegar. Es que hacía un calorón. Mientras pedía a Victoria un refill, Anselmo desenrolló la cobija que protegía sus juegos de mesa y los acomodó sobre un anaquel. Qué jotería, opinó el cuñado, ¿cómo que Turista Mundial, Risk y Monopoly, mi capitán? Victoria ahogó una risita llena de espuma. El cuñado de Anselmo le había caído bien. Contó que Anselmo cargaba a todas partes con esas cajas heredadas de quién sabe dónde. De algún gringo será, pinches norteños, dijo el cuñado con la cara roja de bochorno y alcohol. Anselmo apuró su tercer vaso sin añadir nada y continuó con su instalación. Sacó de una maleta su portarrevólver y acarició frente a cuñado y mujer el cuero pulido que cubría el cuerpo de metal. La verdad sea dicha, no hay hombre en este país dispuesto a dormir sin un arma bajo el colchón. Pero Victoria tampoco, ella guardaba una Colt de su lado de la cama queen size. Estas cosas son de orden personal y no se comentan: poco o nada dijeron al respecto. En esta casa se la verían negras los ladrones, es todo. Abrieron el quinto caguamón.
    Esa noche, exhausto de mudanza y abotargado por el alcohol, Anselmo roncó como puerco ante los ojos brillantes de Victoria. Ella tuvo que masturbarse para conseguir el sueño y sufrió de calor toda la noche. El día siguiente acomodó una pequeña jarra de agua sobre cada buró, a ambos lados de la cama. Le pareció un bonito gesto para la nueva vida de pareja. Se sintió ama de casa, femenina, procuradora.
    La segunda noche ni siquiera cenaron. En cuanto volvió Anselmo se arrojaron a la cama, se comieron el uno al otro. Por la mañana otra vez. El pie de Victoria pegó contra una jarra que se hizo añicos en el suelo. Se rieron como criminales. Siguieron con el amor, con la enjundia. Una luz frágil se filtraba por las persianas. Cuando Victoria se levantó, pisó un vidrio filoso. Anselmo lamió la sangre. Lento, absorto. Victoria se sorprendió con la excitación que le provocaba que el hombre chupara cada uno de sus dedos deformes. Mientras ella miraba el plafón rugoso, con ganas de gritar algo, aún envuelta en aquella sensación de orgasmo, Anselmo barrió el vidrio. Pero barrió mal. Quizá lo hizo a propósito. Victoria se encajó otro vidrio en el talón, dos días más tarde. Misma escena chupa pies, seguida de una fuerte penetración. Ese vidrio en el talón la dejó coja un buen rato y, la verdad, un poco irritada con el descuido del marido.
    La primera caída de Anselmo y Victoria se dio en la recámara conyugal y luego, como sucede en los rounds del amor, se desplazó por la casa. Anselmo era el más fuerte, pero Victoria era la más aventajada. A ver, ojo: en las contiendas de pareja no cuentan las batallas a medio sueño por la sábana y la cobija, ni la violencia del cansancio ante un apetito sexual inagotable. Eso es legal y no forma parte de la guerra sucia del amor. En cambio, llega la mañana en que Victoria duda de la inocencia del despertador que no se apaga, del snooze inextinguible, del sueño pesado del hombre. Anselmo ahora se revuelca frente al televisor encendido, ruidoso y nocivo con que Victoria acompaña el insomnio. A veces, en la pantalla, hay pornografía. Los pies fríos de ella lo sobresaltan en las noches, como pececitos asquerosos. Ella no sabe si sus ronquidos son una venganza. Victoria se vuelve a clavar un vidrio ¿Lo colocó él? El sexo, de todas formas, es más mecánico. Anotan la primera caída. Se apaga la cama, se prende el baño.
    El problema aquí es que Anselmo pasa eternidades bajo el chorro de agua caliente, quince minutos, y hasta veinte. Victoria se desespera, a veces entra a la ducha mientras él se afeita. Con el cuerpo enjabonado, Victoria se pega a sus nalgas y empuja. Anselmo se corta la mejilla. Hacen el amor bajo el chorro. El agua diluye la sangre. Más tarde, otro día, Victoria pierde la paciencia y lava los platos de la cocina con agua hirviente, para darle un golpe sorpresa de agua fría al que se baña. Cuando él reclama, se hace la inocente. Repite la operación de vez en cuando, dice que olvida la mecánica de las tuberías. Pero un día Victoria se baña y recibe el mazazo de agua fría. Adivina que Anselmo está lavando los platos, pero no dice nada. El baño es muy estrecho, apenas caben regadera y escusado. Cuando él se sienta en el trono, sus rodillas casi pegan con la puerta. Victoria siempre entra sin tocar, abre con fuerza la puerta y lo lastima. Pero no hay reclamo, hace mucho que no hablan en ese espacio donde Victoria desnuda corta el pelo de Anselmo. Le corta siempre un mechón de más, le deja un agujero visible. Pero a Anselmo no le importa. Él le deja el pubis perfecto, aunque a veces, en vez de rasurar arranca unos cuantos pelos. Al principio ella pegaba de gritos, ahora no le duele. Abre las piernas como distraída para que él la huela.
    En el cuarto de baño gana Anselmo, con la toalla en la cintura y los pezones negrísimos. Es menos sensible al vapor que distiende los tejidos. Victoria se unta el cuerpo con crema, se pinta los labios, lo mira largarse por el espejo, indiferente. Entonces se arrastra por las paredes, intenta apagar su fiebre contra la loseta, parece una culebra. Un día se acurruca entre lavabo y water, llora y pide gracia. Anselmo, hijo de la chingada, desaparece de mi vida o cógeme como dios manda. Pero Anselmo se está vistiendo en la recámara, son casi las nueve, dos minutos más y Victoria escucha cómo azota la puerta de la calle.
    La operación de rescate, o el tercer round, se lleva a cabo en la cocina-desayunador. Todos los miércoles habrá cena, todos los miércoles hay que enamorarse, todos los miércoles es dos por uno. Los fines de semana es imposible porque entre ambos se estira la cuerda, se tensa un hilo invisible, nunca hablado, nunca dicho. Él tiene dos hijas de una relación de adolescencia, las ve todos los sábados y domingos mientras la madre cabaretea, echa la cruda o putea. Victoria dice que una no es de él. Lo dijo una sola vez, cuando la cachetada que la dejó un poco sorda, pero siempre lo piensa. Ella tiene el vientre amargo, dos abortos y un malogro que no cuenta, los fines de semana mira a la tele mientras él pasea, mientras la grande reclama a su padre y la menor lagrimea. Cuando Anselmo vuelve a la casa por la noche, se sienta a la mesa del desayunador y abre el tablero gastado de su Monopoly. Junta muchas casas, muchos edificios. Solo. Mudo. Rico y poderoso, con un futuro para sus nenas. Por eso, mejor los miércoles para sacar a flote la pareja.
    Ambos cocinan, ése es el trato. Porque nada de que Anselmo se siente y espere, ningún guiño, eso está claro, a los días en que ella tomaba la orden y su propina dependía del escote y de su buena pierna. Bola de cabrones, y tú el más de ellos, dijo Victoria una mañana en que le derramó un café hirviente sobre la cabeza. Los miércoles por la noche, habrán de esforzarse. Porque la soledad es peor que la muerte, ambos la conocen, la odian más que la temen. Y está el coche y la vacación en el mar, que ya se presienten lejanos, inalcanzables, pero aún brillan como promesa. Las tareas se reparten desde antes, este miércoles te toca sacar la receta, yo te ayudo. Tú recoges, yo lavo. Y luego a la inversa. Tú, Anselmo, empiezas. El primer miércoles preparan filete de basa al ajo, él lo compró en la central, les queda delicioso, la carne blanca y perfumada abre todos los poros de la piel. La mesa está instalada a metro y medio de la estufa. Pueden alargar el brazo para pescar las tortillas en el comal. Toman cerveza y ron, sueltan las lenguas, dicen muchas cosas que olvidan, se ríen. Cuando Anselmo sienta a Victoria sobre la mesa y se le arrima, cae la botella de ron semi vacía, el líquido corre por el piso entre los vidrios cortantes. El día siguiente, Anselmo barre y Victoria lava las sartenes, le cuesta trabajo, le reclama que debe usar más aceite, no chamuscarlo todo. Mientras desayunan, Victoria descubre un pedazo de vidrio bajo la mesa. Ahí lo deja.
    Anselmo y Victoria son mansos cuando hacen la cola para cobrar la quincena, pero por dentro son duros de roer, silenciosos como piedra, y ambos siempre esperan recompensa. La vida les debe. Sobre todo por las noches, sobre todo los miércoles. Quien tiene la receta hace de chef, el otro de pinche. Victoria pide cortes muy finos en la cebolla, el ajo, el chile, el jitomate, nunca nada está bien cortado. Es exigente. Devuelve la cebolla: “más fino”, indica. A él le pican los ojos, ataca la cebolla de nuevo, casi pierde la punta del dedo con una profunda entalladura. Victoria primero chasquea con la boca, molesta. No se da cuenta de que es una herida grave. Luego se preocupa, apaga el fuego y lo atiende. Queda un resentimiento. O eso cree ella.
    El ron nunca falta, ningún miércoles. Lo que se pierde son las palabras. Hoy Anselmo manda. Fríe papas mientras ella marina las carnes, salpimienta, añade una pizca de sazonador, un cucharadita de vinagre. Él supervisa el marinado, “aguada con el vinagre, no tanto”, se va al baño. Cuando vuelve, ella menea su sartén con las papas. Anselmo odia el zarandeo, le arranca la sartén, ella se quema. Ese día se enojan, no cenan. Otro miércoles terminan aventándose platos a la cara. Victoria agarra un cuchillo porque tiene miedo. Anselmo se ríe. “Aguada morenita” y le tuerce la mano. El cuchillo cae al piso. Suena el silbato, anota la tercera caída.
    Frente a la puerta de la calle, Anselmo apila sus maletas. Es un vestíbulo de metro cuadrado entre cocina, recámara y baño. Afuera espera la furgoneta. No es el desenlace que esperaban. Victoria tiene mal carácter, lo sabe. Sin embargo, es culpa de él, se lo mastica entre dientes. Anselmo no la mira, recorre otra vez el espacio en busca de objetos olvidados. No volverás nunca, lo juró Victoria. La pistola de él, en su funda de cuero pulido, reposa sobre la pila de maletas, sobre la cobija que envuelve los juegos. La Colt de ella no está bajo el colchón, está en el vestíbulo, pero no está a la vista. Victoria se interpone entre las maletas y la puerta. Él tendrá que empujarla si quiere salir. Ella necesita ese último contacto. Extraña las heridas de sus pies y la lengua de él. Anselmo está listo, avanza, extiende el brazo. Esta es la última caída.
    El siguiente encuentro es bajo un ciprés.
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Yael Weiss

Yael Weiss (México) es editora, escritora y traductora. Maestra en Letras Modernas por la Universidad Paris-IV-Sorbonne. Ha publicado Cahier de violence (Paris, Édition Et what, 2009) y Constelación de poetas francófonas de cinco continentes, Diez siglos, selección, traducción y notas de Verónica Martínez Lira y Y.W. (Espejo de viento-UNAM, 2010). En 2014 realizó Archivo Abierto, la app histórica del Fondo de Cultura Económica (FCE). Es editora digital de la Revista de la Universidad de México. Ha colaborado en las revistas Jointure y Rehauts (Francia), Textofilia, Número 0, La Gaceta del FCE y Flash (México).

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