Didáctica socialista

Un maestro recién salido de las aulas universitarias
y las contradicciones ideológicas de principios del siglo XXI,
busca animar a sus alumnos a rehacer la revolución.
La docencia le tiene una enseñanza: ver su propia imagen.
por: Juan Bello

Dar clases nunca fue divertido. Hablar con retrasados mentales, hijos de retrasados mentales lo hace más complicado. Cuando empezaba mi labor docente, acepto que quería concientizar a la masa, tenía muy presente a Paulo Freire y su educación socialista, así que pensé en mezclar, un poco inconscientemente, el Teatro de lo Absurdo con estas ideas de mierda.

       Se me ocurrió que sería divertido fingir no ser igual a mis alumnos, es decir, un hijo de perra-valeverga-manipulado.

     Entonces me puse una casaca militar y un Levi´s verde que hacía juego con el outfit mamador. Mis botas de casquillo y mi coleta de caballo me daban credibilidad ante el espejo.

     Llegué y busqué la mínima señal de distracción de alguno del grupo para tener un pretexto para soltar mi discurso ceceachero —no en balde también había fumado mota en "las islas" y leído el Manifiesto del Partido Comunista. Fui, sin embargo, un activista frustrado; nunca tuve la disposición o energía suficiente para ir a las manifestaciones o a los plantones, pero ésta era mi oportunidad de unificar mi apariencia con mi ideología.

     Entonces empecé con mi soliloquio.

     “No caigan en el juego del sistema, la educación y la sociedad están diseñadas para que fracasen; tienen una oportunidad única para hacer cambiar las cosas.

   ”Mientras ustedes están aquí, simulando que aprenden y la escuela está llena de maestros que no están conscientes de su labor, sólo preocupados por estrenar auto nuevo... Sólo miren el estacionamiento… Mientras ellos cobran por nada y ustedes aprueban por lo mismo, hay una guerra enfrente de nuestras narices. Nuestros hermanos indígenas en Chiapas tienen más dignidad que nosotros, a pesar que ni siquiera hablan español ni van a la escuela.

     ”El EZLN ha dado la cara por todos nosotros y hoy, yo me declaro en clara rebeldía y ¡en pie de guerra contra el Sistema!

   ”Ustedes no sabían, ni deberían saberlo, pero yo he estado en combate, estuve en la guerrilla y mi hermano gemelo está desaparecido. Un día salió a patrullar y no regresó.

   ”Desde hoy este recinto revolucionario lo llamaremos ´Subcomandante Marcos´.”

     Y las pequeñas sabandijas revolucionarias comenzaron a aplaudir, como si el payaso de la fiesta de cumpleaños hubiera hecho su último acto.

    Uno de ellos con facilidad grafitera hizo un boceto del Sub, lo embadurnó de pegamento y lo pegó en la puerta del salón.

   Enseguida me di cuenta de lo mierda que era. La falsedad de mi puta vocación como docente y ciudadano. ¿Qué necesidad había de engañarlos para captar su atención?

     Vi sus ojos obnubilados; ahora me percibían diferente, no como un anciano que les leía poemas de Neruda, sino como un héroe de guerra con heridas de bala y traumatismo post-bélico; por un momento me sentí como un veterano de Vietnam y la chicharra del término de la clase me despertó de mi atisbo al activismo político-militante.

    Los morros estaban diferentes. Se mostraron solemnes y no salieron corriendo, como siempre, del salón. Varios me veían con pena, arrepentidos de sus groserías y falta de trabajo, admiraban al guerrillero desertor que lloriqueó y se confesó ante sus miradas, a pesar del riesgo que conllevaba hacer tales declaraciones; todo el mundo que me conocía sabía que no tenía hermanos, pero siempre se podría argumentar su desaparición repentina, la vida no deja de tener sorpresivas apariciones y desapariciones.

   El performance seguía, cuando iba caminando hacia la salida, los idiotas pupilos se despedían de mí a lo lejos, con su puño izquierdo levantado.

   Pensé que todo era una vil mamada: mi vida de mierda, dar clases, escribir, leer, estudiar, mi mitomanía barata.

    Mientras me alejaba de la salida, me fui quitando la casaca militar, la aventé al suelo. Me di lástima. No sabía hacer otra cosa más que asumir mi precaria situación magisterial y mi miserable sueldo, todo adornado con mis vidas paralelas falsas.

   Al fin había terminado otro día tortuoso en las aulas. Tenía la oportunidad de no regresar, de renunciar, tenía veintidós años y un miedo avasallante que parecía una botarga de cien kilos.

    Caminé hacia la avenida y subí a un microbús que me llevaría a San Pablo. Caminar viendo a las chambeadoras me haría repensar mi didáctica socialista, me haría hacer una análisis comparativo entre la ruina de otros en comparación con la mía. Seguro encontraría a mi hermano gemelo, muy maquillado y con minifalda.

Foto autor Bello

Juan Bello

Nació en la Ciudad de México. Ha participado en la antología poética Así nacieron, editada por el poeta kosovar Xhevdet Bajraj, en la antología Cuentos para leer desnudo y en la antología erótica Alter líbido 4. También escribe crónicas en la revista electrónica> Metrópoli ficción . En 2016 publicó su libro > Piloto automático , un volumen de cuentos o novela fragmentada.

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