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Abrupto,

el manco poeta de mierda

En su reto contra el estatus quo de Tuxtla Gutiérrez, el poeta Abrupto, que ha perdido las dos manos, parece decir que la poesía que no se escribe debe entonces cagarse, mientras su mensaje es consumido por la autodestrucción y los homenajes oficiales.

Por: Antonio Reyes Carrasco

¿Lo que recuerdo, sé, creo de Abrupto Fierro? El día que perdió las manos fue también el día cuando el doctor le dijo que tal vez ya no podría escribir.
        –¡Vete a la verga cabrón!
        –Cálmate, Abrupto –le dijo su mujer.
        –¡Y tú cállate, pendeja!
        –Amigo… lo sentimos mucho… dije “tal vez”, pero la verdad… sus manos están destruidas…
        –¡Vete a la verga, pendejoooo, que ni tu amigo soooyyyyy!
        Y así: en un consultorio del Seguro Social, Abrupto, el poeta de mierda (quien pronto sería “el manco poeta de mierda”) se abalanza sobre un doctor hiper-metro-sexual, tratando de ahorcarlo con sus manos tullidas, desmadradas, ya casi una masa de huesos, carne y tejidos, mientras su mujer y una somnolienta enfermera tratan de detenerlo. Abrupto no alcanza a golpear nada, ni el rostro nice del doctor siquiera, es más, tropieza y su cabeza va a dar en la esquina del escritorio. Después sólo fue el inyectarle la anestesia así dormido y amputarle las manos. Su mujer había dado el consentimiento y bueno, ciertas negligencias médicas de más, negligencias médicas de menos…
        Estaba solo cuando recobró el sentido, de pronto se despertó en un cuarto frío, exageradamente blanco, con ese olor a antibióticos, alcohol y sangre. Y nos ahorraremos la descripción detallada de su patética reacción, basta decir que resultó ridícula, cual escena de Luis Miguel gritando como nena en una cama de hospital, bien peinado él, bien maquillado. Abrupto sí gritó, gritó de verdad (¡cómo no va a gritar, si saca de onda perder así de chingadazo las manos!), gritó despeinado, con baba seca en la boca y con esa cara de muerto tan suya; y no gritó una mamada como “¡ya nunca máaas!”, sino más bien un desgarrador estruendo de dolor y coraje, de impotencia que salió de sus fauces. Y lloró después. Chilló como cerdo. Lloriqueó como chamaquito, a moco tendido. Acurrucado en posición fetal, con el vendaje ensangrentado regado por el suelo (el cual se había quitado con los dientes) y los muñones en carne viva descubiertos, se quedó dormido de nuevo. Después llegó la enfermera, eficaz y puntual como ella sola, quien ya había escuchado el grito, y pensó: “Oh, eso es muy normal, acaba de quedar manquito… y de las dos manos… ji–ji–ji” porque las enfermeras que se quedan en los horarios de madrugada en los hospitales suelen tener este tipo de pensamientos de repente cuando van solas por los pasillos.
        Y esa fue la pequeña bola de nieve, el detonante necesario para que Abrupto perdiera cordura (la poca que ya de por sí le quedaba, seamos sinceros). Con el tiempo su mujer lo dejó, no porque no lo amara (si es que eso existe) sino por su comportamiento a posteriori. Perdió su trabajo, recayó en el alcohol, la cocaína y la piedra. Vagaba por los bares, las cantinas y ahí, alcoholizado y drogado, improvisaba versos, hablaba y recitaba lo que se le venía en mente, y la verdad, eran como máximas, poesía efímera en tiempo efímero para tiempos efímeros, algo así. Una vez le pidió a una puta de la zona que le ensartara un lapicero en el muñón derecho. La puta accedió por 500 pesos “porque es meterse en pedos, Abrupto”, le dijo. Quiso escribir así pero obvio, no pudo. Sólo causó una gran impresión en la gente que lo miraba pasar y con sus vecinos. Así anduvo por dos días, hasta que sus amigos lo llevaron al hospital y le cortaron otro pedazo de carne porque podría gangrenarse su muñón derecho.
        Sus amigos, ya pocos de hecho, le decían que no se derrumbara de esa manera, existían las prótesis, podía intentar escribir así o dedicarse a otra cosa. Sin embargo Abrupto los corría de su casa o los mandaba al carajo. Sentía que él ya era así de por sí, lo único que necesitaba era ese incentivo para hacer brotar su locura lúcida (hazme el chingado favor), y no cualquier incentivo, ya que él no era una persona ordinaria, no, ¿‘ónde vas a creer, cabrón?, él era un poeta, por lo tanto tenía que perder las manos junto con la razón, así, para entregarse abierto de capa a la locura creativa de la poesía… sin escribir… (¡diantres!). Poco a poco fue gastándose sus ahorros, perdiendo sus pocas amistades, volviéndose cada vez más huraño y esquivo.
        “Despojarse de todo… Abolir todo… toda relación… destruir todo, alcanzar la plenitud, la redención a través de mis actos poéticos, a través de la devastación de mi cuerpo, de mi espíritu, la alteración de los sentidos constantemente…”, se repetía mamadas de estas, de escritores que creen sentirse atormentados, ebrio en la mesa de la cantina, cuando caminaba tambaleante por las calles, en la soledad de su cuarto.
        Ironías de la vida: al correr un par de años, lo poco que había de su obra (algunos poemas en verso libre en dos o tres antologías, dos poemarios que pasaron desapercibidos y varios que se alcanzaron a subir al internet) comenzó a leerse más y en todos lados, por ende se supo de su situación y de su miserable vida, comenzó a difundirse todo en las redes sociales. “Oh, benditas malditas redes sociales de mierda” pensaba ahora Abrupto, pues odiaba tal situación pero a la vez le permitía seguir emborrachándose y drogándose. Nunca faltaba algún estúpido estudiante de letras que lo invitara a beber mientras hablaban de poesía, de los malditos, de los beatniks y que Fadanelli acá y allá, no faltaba alguien que le rolara un pase, una piedrita; hasta las universitarias, las gordas esposas de sus vecinos, las meseras, le aflojaban el culo pues veían como que cierta aureola resplandeciente salía de él (¡ya vaaaas!). Con decir que ahora los seudointelectuales y escritores mamalones, de esos canonizados por el sistema, también lo reconocían, pues el leer o admirar a cierto autor sólo porque ya lo reconoce la “academia”, la “docta escuela”, es como que estar de moda también en los pinches ámbitos de las letras.
        Y lo invitaban a leer a cantinas, centros culturales y uno que otro evento oficial, ya no muchos, porque “ya no está tan cuerdo ese Abrupto” dijo aquella ocasión el director del Jaime Sabines (que de literatura, poesía, arte y cultura no sabía ni madres, pues era contador de profesión). Aquella vez Abrupto, mientras improvisaba su poema, mientras aventaba al aire lo versos que le venían en mente, se orinó y cagó en frente de prensa, público, escritores, intelectualoides y demás luminarias de las artes y la cultura, todo con ayuda de uno de sus compinches beodos, escritor y performer, seguidor suyo en eso de la poesía. Lo que exclamó y sucedió aquella vez fue más o menos así:


        Cantemos sin pena
        Total la noche ha iniciado
        Con calor tormentoso
        Arrugando a la Luna en su resplandor


–¿Y ahora qué va hacer? Se ha puesto de pie –murmuró alguien de la prensa.


        Cantemos muy fuerte
        Hasta romper las paredes
        De las casas de los
        Caca-grande-perfumada
        Cantemos muy alto
        Para romper los cristales
        Del palacio
        De gobierno


En ese momento su cómplice entró a escena y le bajó el pantalón con todo y calzoncillos.


        Cantemos
        Cantemos
        ¡Por qué chingados no!


Abrupto, desnudo, dio unos traspiés como desorbitado.


        Cantemos
        Borrachos y excitados
        Alegres y drogados
        Vomitemos los zapatos lustrados
        De los pedantes altos mandos
        De centros culturales lights


–¡Ese pinche loco, se está orinando el cabrón! –espetó alguien por ahí.


        Orinemos los pasillos
        De museos arrogantes
        Caguemos
        A la alta-etiqueta-artística-cultural


–¡No mameeeees, qué chula cagada se aventó ese verga!


        Ladremos la rola más prendida
        La que grita nuestra ira
        Silbemos la tonada
        Y gritemos
        ¡Un, dos, tres, cuatro
        Que se vaya a la verga Jaime Sabines!


–Ese pendejo –dijo uno de sus conocidos.
        –Tssssssssss –tsiseó un grupo apartado.
        –¡A huevos! –gritaron unos pocos más.


        ¡Entonemos
        El maldito
        punk
        De
        Nuestras
        Miserables
        Vidas!


Y entre aplausos (pocos, la verdad) vociferaciones, murmullos y miradas desconcertadas, entre la mierda y los meados, la mierda y la seguridad de mierda del lugar de mierda y el grito de “¡Linchen a ese pendejo detractor del Poeta de Chiapas, crucificadle por hereje al hijo de su puta madre!”, Abrupto, como casi todo en su vida, fue sacado del lugar y llevado a la cárcel, abruptamente. Y nada que no hubiese pasado ya: un par de sus seguidores iban por él a la Popular, ahí lo hallaban vociferando sus imprecaciones poéticas a teporochos, rienderos, violines, dieciochos, treces y demás plétora exótica de la chichera. Se dice que esa fue la última vez que lo vieron. Lo dejaron en su casa, estaba más callado, más sombrío, más ido que de costumbre. Al otro día que regresaron a buscarlo ya no lo hallaron. Desapareció simplemente.
        Entonces llegaron los rumores, esas leyendas que a la gente le gusta crear acerca de alguien, alimentando así su insaciable ansiedad por lo turbio, lo torcido: no hay mejor manjar de morbidez, para alguien que no le importa ni putas madres, que la intimidad, la vida privada de otra persona. Saber que alguien más está más jodido que tú, o es más pendejo que tú, o más libre que tú, según sea el caso. Esa proyección perenne de los seres humanos. Como espejos proyectándonos unos en otros.
        “Dicen que está en Tijuana fumando cristal e inyectándose de todo por las venas de la verga”.
        “Dicen que se le vio con los del Escuadrón de la Muerte que se junta allá por el bar Las Mascaritas”.
        “Dicen que se la pasa cagando y orinando en cajeros automáticos”.
        “Yo cogí con él hace poco, ebrios y drogados ambos y disfruté de sus muñones en mi chocho pelón”.
        “Yo estuve con él”.
        “Yo bebí con él”.
        “Ya se metió cocodrile”.
        Lo cierto es que ahora que se encontró su cuerpo engusanado en aquel cuartucho, camastro digno para cualquier escritorsete de mierda, enclaustrado en aquella playa solitaria y alejada del puerto de San Benito, a sus 38 años (ni muy joven, ni muy viejo, qué sé yo de eso), ahora que varios fuimos a su funeral y a su homenaje en el Polyforum, ahora que todos dicen conocerlo y “¡Oh, el poeta manco de mierda se nos ha ido” y “Oh, la mierda poesía ha quedado manca” exclamó un vivaracho e improvisado estudiante de letras, ahora que saldrán reediciones como chamaquitas cogelonas de los colegios católicos y un chingo de antologías y todos lo van a leer y hablarán de él como nunca, ahora que aquél pelele poeta becado lo menciona y habla de él, del infortunio de su vida y que su poesía de la bestialidad, que su poesía escatológica, reivindicativa de la soledad y la decrepitud, ahora que el escritor becadito habla de él desde sus lentes Prada y su camisa Polo, desde que en los medios se habla de su obra y de su muerte, ahora considero y pienso y creo que la neta, la neta, no escribía bien, es decir, así para tanta alharaca. Mas él siempre lo dijo: “No quiero escribir bien. Al verdadero poeta no le interesa esto. Sólo escribo y ya… es como comer, coger, orinar o cagar…”. Entonces considero que sí, debe ser cabrón para un escritor perder las manos por X o Y circunstancia, por eso ni menciono cómo fue que se le destrozaron, de hecho nadie, creo yo, lo sabe a ciencia cierta.
        Ahora que recuerdo esto que alguna vez improvisó y tuve la fortuna de verlo, escucharlo y copiarlo en mi libreta:


        Náusea:
        Bienvenida seas
        Poesía:
        Puta escatológica que
        Arrastra su clítoris
        Hinchado
        En
        Mi
        Lengua


O aquella prosa que dice:


        Afuera un perro come pañales cagados. Adentro mi puta se masturba con un cirio. Más allá, unos locos se enamoran y cogen en un basurero. El loco eyacula salpicando la primera plana de un periódico, embadurnando de semen y sangre menstrual la de 8 columnas. La luna flota en un mar negro, cual enorme boya de luz que ilumina una ciudad al revés.


O este último que acabo de leer y no conocía:


        El que se suicidó en mí
        El abuelo muerto en mí
        El que lo mató en mí
        El niño violado en mí
        El asesinado en mí
        El olvidado en mí
        El extasiado en mí
        El poeta sin manos en mí


Sólo ahora, leyendo sus palabras, metonimias, cacofonías, ritmo, métrica y figuras literarias aparte, sólo ahora presiento que había algo más allá del Poeta manco de mierda. Lo percibo ya no poético ni idealizado sino más humano… o no sé… no me creas nada, no tuve el gusto de tratarlo, de convivir con él. Además, recuerda que algunos escritores solemos escribir puras verdades que parecen mentiras y mentiras que suelen convertirse en verdades.
Foto Antonio Reyes Carrasco

Antonio Reyes Carrasco

(Tapachula, Chiapas, 1978) es escritor, editor y mediador de salas de lectura. Creador (junto a la fotógrafa y diseñadora editorial, Stephania González), de Editorial Sophia y responsable del proyecto de promoción lectora "Letras con alas". Actualmente radica en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Ha publicado cuatro libros de poemas: Un ejercicio de lo absurdo (La Tortillería Editorial, 2005), Tribulaciones Efímeras (Editorial Sophia, 2011), Hacia una praxis del error (Editorial Sophia, 2014) y La muerte nos toma una fotografía (Pinos Alados Ediciones, 2017) y 3 libros de narrativa: Hiato (Editorial Sophia, 2004; traducido al francés por Editorial La Marge en 2016), Lo creo porque es absurdo (Cohuiná Cartonera, 2015) y Narraberrraciones Infraordinarias (Editorial Sophia, 2017). Su obra ha sido publicada en diferentes revistas y medios electrónicos de todo el país y en el extranjero. Ha sido incluido en la revista de poesía La Velocirraptora Histriónica (2017, proyecto editorial de La Marge y Sin Licencia Editorial, editorial transfonteriza), con poetas de Francia, Bélgica, diferentes lugares de América Latina y Barcelona, en francés y español, con grabados de Flora Bellouin. Gusta de leer poesía con megáfono en espacios públicos.

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