transparencia

      A mí me está
pasando
                  algo raro
  Dentro de mí



Durante su cumpleaños cuarenta, un desempleado inmigrante en Boston desarrolla de golpe el espontáneo don de ser "querendón". Con ello arranca una desternillante crónica de los pasos de un hombre que se suelta a querer a todos por igual, al tiempo que enfrenta la estupefacción de una sociedad que quizá nunca esté preparada para tanto amor.

Por: David Betancourt


Yo no entiendo cómo pude convertirme en un querendón y mantenerme en esa vida tanto tiempo. Es que uno no se va resistiendo y arranca a querer a un prójimo desconocido que se le atraviesa en el camino y le dice que lo quiere y así porque sí, sin antes darte un abrazo o las gracias tan siquiera, te agarra a tiestazos o te mienta la madre o te grita voltiao y puras cosas feas como si en vez de afecto le estuvieras ofreciendo bala. Esa debilidad de ser querendón es cosa seria y nace así, espontánea, porque se le dio la gana. A mí me poseyó el día de mi cumpleaños, en el que por casualidades de la vida conocí a Roberto.
       Ese día llegué a la casa hastiado de tanto ocio que había hecho en el parque de los Desempleados esperando que papá, mamá, el abuelo, el primo Pelufo, la tía Yiyi y Chigüira me recibieran con algarabía y armaran una recochita para celebrar mis primeros cuarenta años, pero me encontré con nadie en una casa donde siempre había alguien. Me hice el triste para no dañarles la sorpresa y esperé media hora a que saliera la gallada de un baño o de un armario cantando, explotando bombas y repartiéndome picos y regalos.
       Al ratico, cuando ya no me aguanté, fui a buscarlos por toda la casa seguro de que estaban camuflados por ahí. Los busqué hasta debajo del tapete. «Estoy solo», me dije pasito por si de pronto no estaba solo y me escuchaban y seguí buscándolos haciéndome el que no buscaba a nadie para que no creyeran que buscaba a alguien y notaran mis ganas de gente. «Realmente estoy íngrimo», me dije más duro porque realmente sí estaba solo. Al momento, cuando se me empezaron a chocolatiar los ojos, detrás de la cortina de la sala salió Roberto y ni me voltió a mirar, como si yo no fuera lo más importante de esa casa ese día. «Me está mamando gallo», pensé. Durante un rato me hice el solo y ni hablé conmigo siquiera para sentirme solo de verdad.
       Fui a la cocina y encima del fogón apagado había una olla grande repleta de aliños crudos flotando en el agua. En la nevera vi un papelito pegado con un mensaje escrito por mamá. Lo leí y no alcancé a ponerme triste porque el hambre no me dio tiempo. «El abuelo se está muriendo desde que nació», pensé, «y le dio por infartarse antes de que Chigüira hiciera el almuerzo».
       Esculqué la nevera y como no había nada preparado para mí yo mismo me preparé un yogur con cereal y me acosté en el tapete de la sala a ver televisión. Cuando acabé Roberto apareció y se me sentó al lado sin determinarme. No me importó su indiferencia porque a esa hora yo todavía era un tipo desapegado, desprendido, cismático, repelente, guache y todo lo contrario a querendón. Si hubiera sido más tardecito la actitud de Roberto me hubiera despedazado, porque no hay nada más duro para un querendón que querer a alguien que no quiere dejarse querer.
       —Mucho gusto, Chiquito —me le presenté por vacilar y le estiré la mano.
       Él se apartó asustado y se quedó mirándome como pidiéndome compasión, como diciéndome que no había llegado a esa casa por sus propios medios y que se moría por vivir, hasta que se durmió viendo el partido.
       En la noche llegaron papá, mamá y Chigüira hablando del abuelo sin acordarse de que yo estaba de cumpleaños, ni que me habían dejado sin almuerzo, ni que habían dejado a mi almuerzo sin almuerzo suelto por la casa.
       —No amacicés mucho a ese gallo que te encariñás —rugió papá cuando vio la cabeza de Roberto asomándose por el cuello de mi camiseta—… Te apegás a ese animal y mañana va a estar haciendo mucha hambre.
       Al otro día cuando desperté Roberto estaba dormido y eso hizo que lo quisiera mucho, yo que no quiero a nadie, así lo quiera, ni poquito. Era mediodía y a diferencia de los demás gallos del mundo no se había empecinado en despertarme a las cinco de la mañana.
       Me bañé, me arreglé y antes de irme para Boston al parque de los Desempleados a rajar del presidente y del desempleo en espera de que un empresario apareciera, nos montara en un camión y nos diera camello a todos o por lo menos a los que pasábamos más tiempo en el parque o vivíamos más arrancados, le llevé a Roberto los cueritos fritos del pollo que engordan y dan infartos y sin remilgos desayunó. Feliz con la actitud del gallo decidí llevarlo conmigo sin saber todavía que en mi cerebro se había instalado un querendón de tiempo completo.
       En el paradero de buses de la esquina me cogió la pensadera: ¿qué hacía un tipo como yo, tan macho, rudo, desapegado, andando de lo más encariñado con un gallo? ¿Pensaría igual de mal la gente de mí que lo que yo pienso de los señores que pasean sus frespuder? ¿Se fijaría en mí alguna mujer de la Sociedad Protectora de Animales por querer a un animal catalogado únicamente como almuerzo o despertador?
       Me senté en una silla de atrasito y sin siquiera acomodarme se me dejó venir encima un atado de ojos, incluidos los del chofer, y otro de cuchicheos y risas, como si esa gente nunca hubiera visto a un filólogo hispanista de cachaco y cachucha jonjoliando a un gallo. Pensé un insulto que les quedara preciso. No un insulto por insultar y salir del paso ni uno de esos que me salen espontáneos mas no exactos, pero el insulto se me atragantó y los pensamientos agresivos no me llegaron a la boca, como si me hubieran borrado la grosería de la memoria.
       «Me desmerezco», pensé porque en mis mejores tiempos les hubiera lanzado el gallo. Los pasajeros seguían totiaos de risa, haciendo chacota, señalándome con la boca, con la nariz, con los ojos, como si no tuvieran dedos, y yo me puse contento, cosa inusual, porque ellos estaban contentos. «A mí me está pasando algo raro dentro de mí», sospeché.
       Asomado por la ventanilla sintiendo el vientecito cayó fundido en mis brazos. De pronto una viejita que parecía embalsamada se subió al bus ofreciendo chucherías a los gritos.
       —Grite bajito, doña, por favor, grite en silencio que me lo va a despertar —requerí y señalé a Roberto con la boca—. ¿O es que no le enseñaron a hacer bulla pasito?
       Ella me miró medio triste, medio regañaíta, y eso a mí me partió el corazón. Entonces la llamé y, aunque estaba alcanzado de billete, le compré todo el surtido y se lo obsequié para que no se quedara desempleada en la tarde, qué pecado, la vida como está de dura, y la abracé y algunos pasajeros aplaudieron y me fotografiaron.
       —La quiero mucho, doña —le dije y le di unas palmaítas a la silla para que se sentara a mi lado—. No se vaya nunca de mi vida, que me muero.
       —Se embobó o qué —me dijo y se bajó del bus.
       Viendo cómo se la tragaba el horizonte sentí que me moría por dentro y se me explotaba el alma chisguetiando a todos los que se burlaban de mí, contando al chofer que me consoló diciendo que «uno viene a esta vida a perder hasta lo que no tiene».
       En el camino me imaginé a los hijitos de la viejita (quizá diez, quizá veinte señores) desnutridos, desamparados, con ganas de llorar y sin poder de tanto aguantar hambre, mascando chicle día y noche para sobrevivir, sin casa, sin beca, enfermitos. «La quiero mucho, mi doña, y a sus hijitos también», pensé como si con pensar compensara la falta que me iba a hacer en la vida.
       En el paradero de buses me acabé de despedazar viendo irse de mi vida a cada uno de los pasajeros. Era algo así como perder a un hijo o un billete de cien mil. Me agarré la cabeza con las manos e intenté no llorar mientras les inventaba, sin querer, destinos trágicos. Creativo y pesimista que soy, con la imaginación los maté, los rematé, los desbaraté, les inventé enemigos que los mataron, los remataron, los desbarataron, los embolaté, les quité la memoria, les puse enfermedades y puras cosas horribles hasta que me acordé, y ahí fue que sentí un fresquito, de que yo no era Dios para jugar así de pesado con gente que no me había dado confianza. Entonces quise correr y encontrarlos para abrazarlos, decirles que se cuidaran y sobre todo para pedirles disculpas por haberlos matado de a dos y tres veces a cada uno y por haberles hecho cosas tan malas con el pensamiento sin que se dieran cuenta, sabiendo que el día estaba tan bonito.
       —Hasta acá nos trajo el río —gritó el chofer y me mostró con señas el bus desocupado—. Se van a derretir ahí, hombre, bájese ya, que empezó a oler a sancocho.
       «Yo no puedo con una pérdida más», pensé, y en vez de bajarme por la puerta de atrás que tenía ahí nomás me fui para adelante. Él se asustó, y lo entiendo, tal vez seguro porque pensó que Roberto no era un gallo sino una pistola con cresta o de pronto, vaya uno a saber, un gallo bomba, porque la ciudad estaba muy peligrosa, y le iba a robar el producido del día. Le puse la mano en el hombro y me lo llevé para la sombrita.
       Le pedí el teléfono, la dirección de la casa, el número de la cuenta bancaria cuando me contó que había perdido la cuenta de la cantidad de hijos que tenía, le dije que lo invitaba a almorzar, le ofrecí la casa porque si mis papás me podían mantener a mí a él también, y cuando ya me iba a quitar la cachucha para ponérsela porque tenía la frente muy quemaíta me empujó y me dijo mariposo marico y se montó al bus y arrancó a la lata sin importarle clavarme otra tristeza en tan poquito tiempo.
       Por eso yo digo que ser querendón no paga, porque la gente, tan buena gente la gente, tan linda la gente, tan querida la gente, es muy hijueputa y no se deja querer.
       Arranqué para el parque de los Desempleados arrastrando a Roberto con una pita, sintiendo una maluquera muy en el alma, mirando para el piso a ver si se abría y me tragaba de una vez. Quería presentarle a mi familia de allá: muchachos y señores atenidos que se reunían a diario desde temprano y hasta tarde en la noche al frente del colegio El Sufragio para huirle al pereque de sus familiares que todo el tiempo les reclamaban porque no pelechaban y que los preferían, como a mí, con un taladro prendido todo el día en la casa haciéndole huecos a cualquier cosa en lugar de verlos durmiendo.
       No es que todos fueran flojos o vagos en el parque, sino que casi todos eran egresados de Literatura, Filología, Teatro, Filosofía, Sociología, Cine y las empresas nos cerraban las puertas en la cara sin siquiera abrírnoslas. Nos dejaban encerrados afuera, en la calle. «Por eso huele tanto a mariguana y a traguito», pensé decirle a Roberto. Me tomé un guaro doble viendo a la distancia a los colegas, sin dejarme ver, poniéndole ruedas a la botella. El gallo miraba la gallada descrestado con una personalidad que yo jamás había visto en otro animal. «¡Ay!, mejor me voy, mejor me voy, como hace el cóndor herido», me dije, «porque con esta depresión me amaño y la guachafita se vuelve sancochada».
       De regreso a casa, preocupado ya sí por mi situación, para evitar otro ataque de querendismo masivo en el servicio público, decidí irme en taxi, pero me equivoqué. ¡Qué querida tan berraca le pegué al taxista!
       En el camino lo abracé, lo convidé a fresquito, le pedí que alargara la ruta, que se desviara para verlo otro rato y le pagué más de la cuenta porque estaba muy flaco. Cuando me despedí sentí que a la tristeza que yo tenía le llegaba más tristeza de a poquitos y que me sacaban paladas de la alegría que me quedaba adentro por perder a ese hombre enclenque y langaruto que sufría porque, quizá, se lo estaba comiendo un cáncer. Cuando arrancó le grité que esperara. Luego me le arrimé.
       —Te quiero mucho, don taxista, más que a mis ojos te quiero, pero quiero más a mis ojos, porque mis ojos te vieron —le dije igualitico que la canción sabiendo que a partir de ese momento me tocaría lidiar conmigo siendo más infeliz. Y le pagué otra vez.
       —Suerte y gracias, cacorro —se despidió y vi perderse en el horizonte a otro ser querido, totalmente único como todos los demás.
       «Para explicarle lo de cacorro, esa palabra a muchos les pica, hay que acetarla porque es el nombre para el marido del que es marica», entré cantando a la casa y luego me desvestí y en calzoncillos me tiré al piso al lado de Roberto. Nos quedamos mirándonos a los ojos. Sabía que con su llegada un cablecito de mi cabeza se había desacomodado, convirtiéndome en un querendón perito, sin atrofiar pues del todo mi parte racional, que en el momento filosofó: «¿Para qué querer si al fin y al cabo nos vamos a morir?».
       —Te voy a llevar al siquiatra, Chiquito, se te corrió la teja: lo tuyo con ese gallo no es normal —dijo papá cuando me sorprendió filosofando de lo más encariñado con Roberto.
       —Por favor, no, papá, al siquiatra no: no quiero conocer más gente —le dije con los ojos encharcados y todavía pensando en la viejita de las chucherías, la gente risueña del bus, el busero insolado y el taxista morriñoso con cáncer—. Dejame acá que la gente me duele mucho y a mí se me metió un querendón dentro de mí que no puedo controlar, un querendón que se me sale de las manos.
       —Tenés cuarenta años, Chiquito, y no te luce jugar con gallos. Conseguite mejor una novia y jugá con el de ella, apelotardado, o conseguite un trabajo. Pelechá. Sentá cabeza. ¿O es que no te cansás de hacer tanto nada?
       Acepté mi enfermedad para poder superarla y durante varios días estuve recluido en mi pieza viendo televisión, escribiendo en la mente mi próximo cuento y leyendo mi libro de Felisberto Hernández.
       De vez en cuando me asomaba por la ventana y con los binóculos veía despegar aviones, y aunque siempre lo había hecho jamás había experimentado los sentimientos de pérdida e impotencia sabiendo que dentro de esos aparatos tomaban tinto unas personitas desconocidas e indefensas y nerviosas a millones de metros del suelo, próximas a volverse cenizas. Me la pasaba batiendo la mano. Angustiado volvía a la cama y me tomaba el clonazepam. Una noche condené la ventana. Días después, cuando me sentí recuperado, salí a dar un vueltón, sin imaginar que iba detrás de mi tragedia.
       En una banquita al frente de la estación del metro de Prado me senté a descansar y a mirar a la gente sin excederme, queriéndola a la distancia, haciéndome el que no la quería. De la nada apareció detrás de un poste un hombrecito de lo más engallado, empacado al vacío en un bluyín rojo y una camisilla negra con un letrero de Metallica que producían claustrofobia, con zapatos Zodiak también rojos y sin medias o con medias color piel y con pelitos. «Está encerrado en ropa de máxima seguridad», pensé. Parecía que se hubiera volado de una película de Víctor Gaviria.
       Caminaba exhibiendo un desgualete inmaculado que no había tenido la dicha de ver en otra persona. Daba tres pasos y se devolvía, así muchas veces, luciendo con insolencia una flacura descomunal, fuera de concurso, que humillaba a la del taxista que había querido días atrás. «El flaco tiene dos o tres cáncer, como mínimo, y un sida», pensé. Para acabar de ajustar vi, cuando nos enfocó, que le faltaba una oreja, pero con la que tenía le alcanzaba y le sobraba para oír más de la cuenta.
       Nos miraba, se rascaba la cabeza, disimulaba sacándose los mocos y hablando por una calculadora como si fuera un celular, veía la hora en el reloj en la mano que no lo tenía. Medio se nos acercaba y enseguida retrocedía. Por seguridad me encaleté a Roberto entre la camisa.
       Tranquilamente pude haber corrido y ponerle la queja a un policía o montarme al metro («Allá hay mucha gente, mucho tumulto para querer», pensé), pero lo vi tan encutupetao, tan abandonado en el mundo, tan fácil de querer, que preferí esperar a que nos cogiera la noche para que nos robara con tranquilidad. «Para qué plata entonces si no es para compartirla», pensé. Y enseguida razoné: «La plata se hizo para que lo atraquen a uno».
       El flaco parecía achantado, no se decidía, como si desconfiara de mí, pero lo esperé porque si me iba de pronto lo mataban por atracar a otro y quién le iba a pagar el entierro. Temblaba. Se le veía la necesidad por encima. Casi le grito que viniera rápido a dejarme sin cinco porque me iba a quedar sin metro para la casa y esa zona era muy peligrosa y estaba infestada de ladrones con carácter y plata y de pronto me robaban y ahí sí no valía la pena.
       «Si yo quiero lo desvalijo», me dije y me le acerqué.
       —¿Usted me quiere atracar, cierto? —le pregunté muy cordialmente.
       —¡Suave! —y del bolsillo sacó una navajita de nada.
       «¿Me quiere robar o sacar mugre de las uñas?», me cuestioné y tranquilo le dije:
       —Si quiere hágale, de buena; la billetera la tengo cuñada con la media del pie derecho; hágale —puse a Roberto en el suelo y levanté las manos en posición de requisa.
       De sopetón llegó la policía buscando gente sin cédula o con pega, polvos, yerbas, tijeritas, cortaúñas, chuzos, ojos sospechosos, mugre… para repletar el camión de personitas y entretenerse más tarde en un calabozo con ellas. Nos formaron a varios contra la pared para buscarnos tumores. Como el flaco era el último de la fila y lo necesitaba a mi lado, y además me había encariñado con el policía, cuando acabaron conmigo me puse otra vez contra la pared para repetir. A la cuarta el policarpo dijo «upa, pues» y me chitó a los gritos.
       Desde lejitos le dije al flaco con gestos que nos viéramos al otro día, a la misma hora, en el mismo lugar y por el mismo canal para la atracaíta que le debía y me despedí. Ahí fue que supe que mi enfermedad de querendón se había agravado con todas las ganas.
       —Cuidado con el fundamento —le grité.
       El flaco me dijo «adiós» con la mano y yo sentí morirme. Antes de que el camión arrancara con mi flaco y con ese atado de gente querida, mugrosa, desarmada, trabada, enfarrada, fantástica, desatinada, desparchada, maravillosa, fiesterita, irresponsable, engalochada, periquiada, olorosa, sin cédula, hambriada, sin familia, ojirroja… me acerqué antojado de otra raquetiaíta que no logré porque el policía estaba de afán y de mal genio.
       En el metro sentí que extrañaba al policía y me dio puro pesar de él porque, como todos sus colegas, seguro se sentía devastado por recibir insultos en casi todas las canciones de punk y por no haber estudiado ni la primaria y tener que lidiar todos los días con gente peligrosa. Además me hacía falta el flaco, pero me consolé pensando que al otro día tenía una cita con él para que me dejara en bancarrota intencional y pudiera llevarle la comidita a su familia, a la que yo también quería mucho porque yo no solo quiero al que quiero, sino que quiero a todos los queridos del que quiero. Si quiero a un Mejía por ahí derecho quiero a todos los Mejía desconocidos del mundo.
       Entré a la casa y les conté a todos, abatido, que por mi culpa a mi asaltante primíparo se lo había llevado un polizonte todo querido en una batida y que lo más seguro era que al otro día no estuviera libre para atracarme o llegara con resentimiento. Chigüira, el abuelo y la tía Yiyi sonrieron. Mamá dejó caer la cabeza en el cojín. Papá me miró con los ojos que pone cuando se acuerda de que yo soy su peor error y por eso quise decirle: «Yo hubiera sido feliz si no hubiera nacido». Y después pensé: «Y también hubiera sido feliz si no hubiera nacido triste». Me miraban como si pensaran que estaba molestando. Entonces tuve que decir:
       —Si el flaco no aparece mañana me muero.
       —Voy a llamar ya mismo al manicomio y la pieza de este bobo contemplado la alquilamos —vociferó papá. Luego agarró el teléfono malo y empezó a marcar.
       —Este zumbambico no se compone —dijo el abuelo.
       —No te dejés morir por eso, mi amor, que la vida sigue —habló mamá y se paró a mimarme—… Ese no es el único ladrón en el mundo, mi vida, hay muchos. A lo mejor ese no te convenía, Chiquito.
       —La vida me vive amargando la vida —dije durito y me fui a la pieza con Roberto—. Me la tiene montada la hijueputa.
       En la mañana me eché del champú de mamá y la mejor loción del abuelo, me afeité y me puse mi mejor cachaco, el único, y la cachucha con la que me siento más cómodo. Saqué la cédula y la libreta militar de la billetera y metí las fotocopias por si una batida. Adentro dejé dos billetes de cincuenta mil que encontré perdidos en el saco de papá y el Detente para que me cuidara del flaco y por ahí derecho le quedara a él después de la robada y lo cuidara de gente como el flaco. En un bolsillo interno del pantalón guardé el pasaje de regreso.
       Mientras desayunaba con el primo Pelufo me prometí que esa sería la última vez, que iba a cambiar, que volvería a ser el yo de siempre, el tipo huraño y desapegado de toda la vida, porque sinceramente me estaba cansando de mí. «Me estoy mintiendo a mí mismo», pensé después de la promesa. Y luego me dije: «Yo no me miento, porque yo no me creo». Papá estaba parado en la puerta como si se creyera muro.
       —¡Vos verás si salís, sin mi permiso! —me advirtió; es decir, me amenazó por las buenas.
       —Chiquito, mi vida, si querés te conseguimos un ladrón que te atraque en la casa y se deje querer, pero por favor no salgás que la calle está muy peligrosa —propuso mamá.
       —Es mejor, Chiquito —dijo el abuelo—. Te la pasás dando amor por ahí como si tuvieras mucho y acá no hubiera gente necesitada. ¡Dejá ese vicio tan feo, badulaque!
       —Si no voy lo pierdo —dije y cargué a Roberto.
       —Uno pierde solo lo que ha tenido, joven Chiquito. Si no tienes un amigo, no lo pierdes por no adquirirlo, simplemente no lo tienes. Pero si vas y te roban la platica y por ahí derecho la vida, sí pierdes —filosofó Chigüira y se fue a continuar con el aseo del baño, dejándonos a todos boquiabiertos y aburridos porque estábamos desaprovechando a una genio en oficios varios.
       Me paré al pie de la puerta y alguien dentro de mí también quiso sonsacarme. Me aconsejó que no fuera por allá porque me pasaba cacho. «Es un ladrón, Chiquito, y te puede hacer daño, lindo, o bajarte del gallo», me dijo la voz interna. Luego me recomendó ordenándome: «No salís y no salís. No te voy a acolitar más tu patochada». Pero, como yo me desobedezco tanto, salí.
       A las seis de la tarde en punto estaba sentado en la banquita al frente del metro de Prado, solo, sin Roberto, porque por su integridad física preferí dejarlo en la casa. Más de una hora me la pasé mirando el piso para no correr el riesgo de encariñarme con alguien, empujando con una ramita a una procesión de hormigas que cargaba a una cucaracha bocarriba como si fuera un ataúd. Me quedé mirándolas tratando de entenderlas y metérmeles en los pensamientos. «¿Qué pensarán?», pensé. Luego miré a la cucaracha. «¿Qué estaría pensando si estuviera viva?».
       A lo lejos vi a un muchacho desgualetado con una camiseta del color de un perro corriendo y me alegré mucho y me hice el desentendido para que me robara con verosimilitud y como lo habíamos acordado, pero cuando no apareció nadie ahí mismo supe que no era él. Estuve un rato más esperando una voz que me dijera «arriba las manos, amigo, cómo le acabó de ir ayer, a mí bien, me largaron al rato, esto es un atraco, en el que quedamos ayer, ¿no se acuerda?, yo soy el flaco, para que vea que yo sí tengo palabra, parcerito, bájese de todo», pero no apareció. Me paré de la banquita y caminé despacio dándole tiempo por si se le había presentado algún inconveniente.
       En el metro, arrugado por dentro, vuelto mierda, como con un zurullo en la garganta, concluí que en esta vida es mejor odiar, es más fácil, porque uno siempre va a estar correspondido. «No es sino que alguien hable bien de uno o que uno sobresalga o se destaque en algo para que la gente lo deteste a uno así no lo conozca», pensé. Entonces odié a la gordita que jugaba a subir y bajar una baba mientras dormía, al niño que se colgaba de las barandas del metro, a la parejita que se engullía delante de ojos escandalizados y excitados y tartufos y arrechos, al muchacho que le cedía el puesto a la embarazada, a la embarazada por traer al mundo a una personita a sufrir, a esa personita porque iba a existir y a sufrir y a traer al mundo una personita a sufrir. Los odié a todos, sin excepción, evitando el contacto visual para no irme a encariñar con ninguno.
       En el granero de la esquina de la casa me senté en un bulto de papas a tomarme un aguardiente. El bolero que sonaba me salía como todas las canciones cuando uno está deshecho. «Que se tenga el mundo porque voy a odiar parejo», me prometí. Me paré del bulto y me metí una papa nevada al bolsillo para perjudicar a don Tedio. Lo miré como un culo y salí sin despedirme. No pagué el guaro. En la calle le hice un atentado con la papa al bombillo de la lámpara que nunca dejó de iluminarme. Insulté a mi sombra y la llevé arrastrada conmigo nada más porque tocaba.
       Entré a la casa y mamá me recibió tocándome por todos lados verificando que estuviera completo. Me daba vueltas y me daba vueltas a ver si no me faltaba ni una pieza o me sobraba una puñalada. Chigüira me midió el pulso para saber si sí me había matado el ladrón. El abuelo se fue a la carrerita a la mesa de los santos y se puso como a alegar con ellos. El primo Pelufo me abrazó y me pidió que les contara el atraco. Yo transpiraba odio.
       En la mesa del comedor torcí un tenedor hasta quebrarlo, hice un avioncito con servilletas que luego transformé en una esvástica cuando me acordé de que era un hombre nuevo, un odiador hecho y derecho, puse los codos sobre la mesa, me inventé un estornudo cerca al cuello del abuelo, tosí encima de la ensalada, me soné con la camisa, regué el jugo, me di la bendición al revés y les repartí odio hasta que Chigüira destapó la olla. Con un nudo en la garganta y las lágrimas atragantadas en los ojos empañados me serví lo mío dándomelas de tranquilo, de no me importa, de así es la vida, de nadie es eterno en el mundo ni teniendo un corazón que tanto siente y suspira por la vida y el amor, pero muriéndome por dentro de las ganas de morirme.
       —A Roberto le hubiera encantado este sancocho —dije y me embutí un muslo.

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Este texto forma parte del libro La vida me vive amargando la vida (Seix Barral, 2017).

 

02. Foto David Betancourt

David Betancourt

Nació en Medellín en 1982 y vive en México. Con la Universidad de Antioquia publicó Buenos muchachos (2011) y Bebestiario (2017). Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos (Equinoccio, 2013; Ediciones Escritura Creativa, 2014) fue ganador del Concurso Internacional ASOCIEC, con sede en Venezuela. Una codorniz para la quinceañera y otros absurdos (Pulso y Letra, 2014) obtuvo el primer puesto en el concurso literario de la Gobernación de Antioquia. Ataques de Risa (Ediciones UIS, 2015; Gobernación de Norte de Santander, 2016; Ediciones desde abajo, 2017) ganó el Concurso Nacional de Cuento Universidad Industrial de Santander y el Jorge Gaitán Durán. En 2016, con “Beber para contarla”, recibió el Premio La Cueva, el más importante en Colombia para un solo cuento. Ha publicado en medios de Colombia, Venezuela, Perú, Argentina, Uruguay, Cuba, México, Estados Unidos, España e Italia y varios de sus relatos han sido incluidos en importantes antologías. La vida me vive amargando la vida (Seix Barral, Editorial Planeta, 2017) es su sexto libro de cuentos.

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